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salud  Concilio de Constantinopla III 


El año quinientos cincuenta y tres el Segundo Concilio de Constantinopla había reinterpretado el Concilio de Calcedonia. Refutando la doctrina de Cirilo de Alejandría, se acentuó la unidad de la persona divina del Hijo de Dios hecho hombre. Desde el punto de vista teológico, el partido monofisita, cara el que se inclinaban sobre todo los frailes, había querido condenar de nuevo al nestorianismo. Temiendo que se fortaleciera se agarraron a la doctrina de la mia physis, “una sola naturaleza”, muy difundida en Egipto. Al tiempo, procuraban lograr la paz ideológica en un Imperio poco a poco más heterogéneo, en donde la lengua y la filosofía griega no habían circulado con la fluidez precisa para entender conceptos tan elaborados como los cristológicos.


Durante esta temporada, el acentuado intervencionismo de los emperadores y de su corte (incluyendo las consortes) en las cuestiones dogmáticas acababan mezclando el discute político con las cuestiones de doctrina teológica. No se puede olvidar que en un sistema teocrático como el bizantino, la unidad política depende de la unidad religiosa; y esta unidad religiosa es buscada acudiendo a una formulación dogmática de compromiso. La tendencia de los sucesores de Justiniano —tanto Zenón (cuatrocientos setenta y cuatro-cuatrocientos setenta y cinco, cuatrocientos setenta y seis-cuatrocientos noventa y uno) como Justino II (quinientos sesenta y cinco-quinientos setenta y ocho) que condenaba los 3 Capítulos— fue, de hecho, la de buscar soluciones medias que, con el tiempo, favorecieron la vuelta a escena de los obispos, teólogos y frailes monofisitas que existían. Semejantes indicaciones llegaron un poco antes de la ocupación persa, que redujo de manera notable el control bizantino sobre Asia Menor, Siria y Egipto. El emperador Heraclio (seiscientos diez-seiscientos cuarenta y uno), al recobrar los territorios perdidos, halló múltiples focos de monofisismo entre las comunidades cristianas. Allá no había llegado la reflexión cristológica, madurada y concluida en Calcedonia, ni se habían conocido las nuevas fórmulas dogmáticas. Los hechos forzaban a buscar una solución que pacificara las zonas recuperadas, favoreciendo una vuelta a la doctrina monofisita.


Para poner punto y final a las polémicas, Sergio (seiscientos diez-seiscientos treinta y ocho), patriarca de Constantinopla, planteó una nueva doctrina, a la que se adhirió asimismo el emperador Heraclio. La tesis del patriarca Sergio procuraba ser una vía media y conforme esta en Jesús se dan, efectivamente, 2 naturalezas inconfusas mas un solo género de operaciones (monoenergeia). Después acabó atribuyendo a Jesús asimismo una sola voluntad (monotelismo), por el hecho de que la voluntad humana de Jesús estaría movida por su voluntad divina de tal forma que la voluntad humana sería absolutamente pasiva, sin generar un propio apreciar humano. Heraclio por su lado, conforme avanzaba su campaña militar, había comenzado los trámites para lograr la unidad con la iglesia armena, presente en Siria y Egipto, a través de la doctrina de una nueva fórmula: el único y mismo Cristo operante “con la única energía teándrica”. Ciro, escogido patriarca de Alejandría en seiscientos treinta y uno, se empeñó en tal meta, a la que asimismo se unió desde Roma el papa Honorio.


Aunque parecía un simple pacto, velozmente halló obstáculos, tanto en los monofisitas de Siria como en los calcedonenses en Egipto. El fraile Sofronio, escogido patriarca de Jerusalén en seiscientos treinta y cuatro, atacó fuertemente tal solución, puesto que iba en menoscabo de los logros doctrinales de Calcedonia. Asimismo el papa Honorio acabó apoyando esta postura. Entonces el patriarca Sergio presentó una nueva solución, por la que, prescindiendo de la energía, aseveraba la presencia en Cristo de una sola voluntad; o sea, el monotelismo.


La nueva doctrina, sostenida en Bizancio por la Iglesia y el Estado, fue condenada por el emperador por medio del edicto Ekthesis del seiscientos treinta y ocho, que debería formar la nueva carta de la unidad religiosa del Imperio. Realmente, pese al inicial acuerdo del sucesor de Sergio, del patriarca Pirro y del papa Honorio, la solución fue rechazada por todos y se dejó, como las intentos precedentes, en un mero pacto. No se había podido curar la división religiosa. Mientras, eliminada la fuerza que contenía a los persas, Heraclio abría una brecha para la expansión islámica, que se extendía con una fuerza incontrolable.


Por otra parte, entre política y religión, el Imperio bizantino tenía bastantes inconvenientes para solucionar y, por una tradición arraigada, el emperador proseguía prestando una particular atención a solventar los temas doctrinales de la vida cristiana. A propósito del monotelismo, la disputa teológica, bastante agudizada en Constantinopla, se trasplanto a África, donde había terminado asilado el patriarca Pirro. En la capital, de hecho, los acontecimientos políticos siguientes a la muerte de Heraclio no maduraron bajo el signo de la paz social. Fallecido el primogénito Constantino y destituido el próximo heredero, la situación política estaba bajo el control del senado, que deseaba aumentar su papel en el Estado y de la corona. Incesante Pogonato, hijo de Constantino, nuevo basileus, se halló, aparte de los tradicionales oponentes, los Eslavos, que le hostigaban por la espalda, con el deber de hacer en frente de los árabes, ya en posesión de las provincias orientales del Imperio. En cuanto al resto, en aquellas zonas la división teológica fragmentaba la resistencia militar: basta meditar que en Alejandría el patriarca monofisita Benjamín se sometió de manera espontánea a los Árabes, declarándose contra Bizancio.


En este contexto adquiere relieve la figura de San Máximo el Confesor, que, siendo solo un fraile, mas con gran autoridad teológica, entró en la polémica monotelita y monoenergita, ya antes en África y por último en la ciudad de Roma y Constantinopla.


En el año seiscientos cuarenta y cinco, en Cartago, el patriarca monotelita de Constantinopla, Pirro, asilado, efectuó un discute público con Máximo ante Gregorio, prefecto de África, muchos obispos, eclesiásticos y otras personalidades. La Disputatio cum Pirrho ofrece una idea de la dificultad del inconveniente cristológico, mas asimismo ilustra para Máximo, si Jesucristo era el nuevo principio de la vida del cristiano, necesariamente Él era auténtico Dios y hombre completo.Seguramente Máximo estaba persuadido de que tras las proposiciones controversiales renacían los inconvenientes trágicos de Nicea y Calcedonia: en Cristo existían 2 naturalezas y por ende eran coherentes 2 voluntades y 2 modos de obrar, o bien energías; no obstante, la capacitad de estimar pertenece a la naturaleza; el hecho de seleccionar y de estimar es propio de la persona, en consecuencia, en Cristo, el Logotipos inclina las determinaciones del apreciar (estimar gnómico) y guiaba la voluntad humana al lado de la divina dejando fuera el pecado y el fallo.


A principios del seiscientos cuarenta y seis, el acontencimiento de la argumentación de Máximo indujo a múltiples obispos africanos a convocar un sínodo, condenando como herético el monotelismo sostenido por el patriarca y el gobierno bizantino. La situación se hizo más crítica cuando el prefecto Gregorio se descubrió contra el Emperador sin tener en cuenta la amenaza árabe que se cernía sobre la costa africana desde la conquista de Alejandría en el seiscientos cuarenta y dos. De forma casual en el seiscientos cuarenta y siete los árabes asaltaron el territorio de norte de África. El perfecto perdió la vida en la batalla y la estructura del imperio se desgastó más todavía. Los hechos acontecidos eran una prueba de lo peligroso de las fracturas teológicas en el Imperio. Conforme el punto de vista desde el que se vea el inconveniente, se podría imputar a unos y otros de los 2 partidos; incluso de esta forma, si se tiene presente el valor de una cristología ortodoxa, la que ha quedado como baluarte del sentido más auténtico de la tradición mesiánica, se debe decir que el partido de Máximo garantizaba mejor semejantes valores esenciales cristianos: era lo mismo que paso en Nicea y Calcedonia.


El Emperador, con el Typos de seiscientos cuarenta y ocho, prohibió más discusiones sobre el inconveniente de la energía y de la voluntad de Cristo, derogando el Ekthesis (exposición) y trasladando las discusiones a su punto de inicio. La disputa, entonces, se complicó en la ciudad de Roma, a donde Máximo se trasladó con el patriarca Pirro. Es interesante resaltar su adoración por aquella sede, que consideraba la única base y fundamento de todas y cada una la Iglesias de la tierra, a la que Jesús había concedido las llaves del poder universal sobre la ortodoxia de la fe.


Un motivo más de complejidad apareció en el seiscientos cuarenta y nueve. El papa Martín reunió en la ciudad de Roma un sínodo, en el que fueron rechazados tanto el Ekthesis como el Typos y fue definida la doctrina de las 2 voluntades en Cristo, excomulgándose a los patriarcas Sergio, Paolo, Canuto y Ciro. El emperador reaccionó haciendo apresar al Papa y trasladándolo a Bizancio, donde fue procesado y asilado al Quersoneso. Allá murió el dieciseis de septiembre de seiscientos cincuenta y cinco. Exactamente la misma suerte compartió Máximo, hecho preso y conducido a la capital. El año de la muerte del Papa padeció un juicio que le intentó el exilio. Procesado más adelante, por no adherirse a la voluntad imperial, después de numerosas travesías, murió torturado en Lazica el trece de agosto de seiscientos sesenta y dos.


Si bien Máximo desapareció bajo el poder imperial, sus ideas prosiguieron viviendo en las disputas teológicas de los siglos consecutivos. El emperador murió asesinado, en Sicilia, en Siracusa. A lo largo del periodo de su sucesor, Constantino IV (seiscientos sesenta y ocho-seiscientos ochenta y cinco), los árabes aparecieron de nuevo en Asia Menor; en el seiscientos setenta y cuatro atacaron Constantinopla asediándola repetidamente sin lograr conquistarla. La resistencia de la capital significó un cambio histórico en la lucha contra el islam, incrementando el prestigio de Bizancio. Sin bien la capital no había caído, una gran parte del territorio estaba a cargo de los árabes, sobre todo aquellos que simpatizaban, primero con el monofisismo y después con el monotelismo. La Iglesia monofisita, jacobita y monotelita, bajo el dominio árabe no formaron más un inconveniente para el Imperio.


El emperador Constantino IV Pogonato, ya en el año seiscientos setenta y nueve había mandado una carta al papa Dono (seiscientos setenta y seis-seiscientos setenta y ocho), en la que le pedía que enviara a Constantinopla una delegación de obispos, mas la carta llegó cuando el Papa había fallecido. Su sucesor Agatón (seiscientos setenta y ocho-seiscientos ochenta y uno) mandó la delegación hasta el año seiscientos ochenta, formada por 3 obispos italianos, 3 apocrisiarios pontificios, un representante del arzobispo de Ravena y 4 frailes de los conventos helenos de occidente.


El diez de septiembre, Constantino IV ordenó al patriarca Jorge que convocará a Concilio a los obispos de su patriarcado y que enviara entre ellos a Macario I, patriarca de Antioquía, que se hallaba en Constantinopla con sus obispos. El siete de noviembre, en la enorme sala de la bóveda del palacio imperial se abrió el concilio, que en los alegatos fue definido como universal. Constantino IV, flanqueado por sus oficiales y miembros del Senado, asistió personalmente a las primeras once reuniones, de las que la última tuvo lugar el veinte de marzo de seiscientos ochenta y uno. El protocolo requería que todas y cada una de las intervenciones fuesen dirigidas al emperador o bien a sus representantes. Participaron en el concilio, aparte de la delegación papal, Macario I, que era un enfervorizado monotelita, los representantes encargados de los patriarcas de Jerusalén y de Alejandría y los obispos del Ilírico oriental y de todas y cada una de las zonas del imperio, cuyo número cambia de una sesión a otra; no obstante, la profesión de fe final fue firmada por ciento sesenta y uno obispos y por 2 diáconos representantes de sus respectivos obispos. Largas fueron las discusiones de carácter dogmático.


Primera sesiónEditar


Durante la primera sesión los legados romanos preguntaron al Emperador por el origen de la doctrina sobre una sola voluntad y actividad en Cristo. El emperador dio la palabra a. Conocían el deseo del emperador de reconciliarse con Roma. Adujeron las actas de supuestos concilios en que se apoyaban y que estarían en consonancia con Roma.


Segunda sesiónEditar


A solicitud del Emperador, fueron leídas las actas de Éfeso y las de Calcedonia. La lectura fue interrumpida por la objeción de los legados pontificios a una interpretación incorrecta de un texto de Cirilo de Alejandría.El Padre de la Iglesia charlaba de 2 actividades naturales, sin confusión ni división. Esta intervención abrió un diálogo entre el Emperador y Macario con respecto a la referencia a 2 actividades naturales y no a una. Macario se defendió argumentando que aun el papa León no llegaba charlar de 2 actividades y que la actividad a la que se refería sería una sola operación divino-humana. Teófano, de los mejores teólogos del concilio, invitó a Macario y su acólito Esteban a que descubrieran tras la voluntad natural la referencia a la humanidad de Cristo. Esteban contestó que tal voluntad de Cristo no sería otra que una voluntad electiva y autodeterminante como la que tenía Adán ya antes de la caída. Conforme su opinión, Adán, como co-autor al lado de Dios, tenía una sola voluntad co-substancial a la de Dios. Se trataba de una aproximación al inconveniente comparando la naturaleza humana de Cristo a la situación de Adán ya antes de la caída, puesto tal sería la naturaleza humana que aceptó el Verbo en vistas a conservarla del pecado original.


Tercera sesiónEditar


Se abrió (trece de noviembre), de nuevo, leyendo las actas de un Concilio Universal, en un caso así, el quinto, festejado en Constantinopla. El libellus resultó estar adulterado, al principio se habían incluido 4 páginas que no correspondían a la data del documento. Como tal añadidura no mantenía la postura de Macario, el Emperador dejó que la batalla teológica prosiguiera adelante.


El siete de diciembre se suspendieron las sesiones y no se reiniciaron sino más bien hasta el mes de febrero.


En la octava sesión (siete de marzo), el patriarca Jorge se adhirió a la doctrina de las 2 voluntades. Macario, aunque desde el comienzo había negado tal doctrina, aceptó en la novena sesión que había mutilado el texto en el que se apoyaba. A lo largo de esa sesión fue destituido, al lado de su acólito, el abad Esteban. A lo largo de la décimo tercera sesión, el veintiocho de marzo de seiscientos ochenta y uno, el concilio declaró que era preciso borrar de los frontispicios aparte de Macario y Esteban, a los patriarcas de Constantinopla Serbio, Pirro, Pablo II, Pedro, el patriarca de Alejandría, Ciro, el prelados de Farán, Teodoro, y, por último, al papa Honorio.


Durante esta sesión, examinadas las cartas dogmáticas escritas por Sergio, en su tiempo patriarca de esta urbe [Constantinopla]..., tanto a Ciro que entonces era prelados de Fasi, como a Honorio que era prelados de la vieja Roma y la carta [Scripta fraternitatis, del año 634] con la que este último, esto es Honorio, respondió a Sergio, se les condenó como heréticas.


El emperador asistió a la décimo octava sesión, que se tuvo el dieciseis de septiembre, en la que se recitó una profesión de fe en que los progenitores conciliares decían:


El concilio, al final, dirigió un homenaje al emperador y mandó una carta al papa Agatón. Después que los legados del Papa volvieron de Constantinopla a Roma, León II mandó múltiples cartas proclamando la valía del Concilio. Escribió al emperador la llamada Regí regum, de más o menos agosto de 682; y asimismo a España, a los obispos —Cum diversa sint— y al rey Ervigio—.Cum unus exset—


En otra carta llamada Fides papae, recogida en el Liber diurnos Romanorum pontificum, se plantea como declaración de fe la condena del papa Honorio que afirma [Patres Concilii] auctores vero novi dogmatis Sergium, Pyrrhum... una cum Honorio, qui pravis eorum adsertionibus fomentus impendit, ...nexu perpetue anathematis devinxerunt; mas [los Progenitores conciliares] anudaron con el nudo del anatema perpetuo a los autores de la nueva doctrina, Sergio y Pirro, ...juntamente con Honorio, que concedió su favor a las degeneradas aseveraciones de ellos . Con respecto al papa Honorio, León II dejó claro en su carta al emperador el motivo de la condena: no habiéndose esforzado para hacer relucir la fe apostólica, dejó que esta fe inmaculada fuera deshonrada.


En el año seiscientos noventa y dos se festejó el Segundo Concilio Trullano, que emitió ciento dos cánones disciplinares. Tuvo gran aceptación en oriente, como complemento de los 2 precedentes de Constantinopla. No tuvo exactamente la misma acogida en occidente a raíz del viejo canon veintiocho de Calcedonia, en donde se comparaba Constantinopla a Roma en relevancia política y la naciente doctrina sobre el celibato sacerdotal.


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