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Existía una enorme polémica entre el papel de la gracia divina y el libre arbitrio, que empezó a inicios del siglo V, por las enseñanzas del fraile bretónPelagio. Juan Casiano y Vicente de Lérins condenaban la postura de Pelagio, mas no habían aceptado la predestinación tal y como lo expresaba Augustín de Hipona. Reconocían un papel más esencial al libre arbitrio de lo que apuntaba Agustín. (Hace falta la fuente)


El concilio adoptó una serie de cánones y una definición de fe, que resguardaban la gratuidad de la gracia y asimismo la relevancia de los sacrificios del hombre: Nada de bien puede el hombre sin Dios. Mucho de bien hace Dios en el hombre, que el hombre no hace; ningún bien hace el hombre, sino más bien el que Dios desea.



  • Cánido. l. Si alguno afirma que por el pecado de prevaricación de Adán no “fue mudado” todo el hombre, o sea, conforme el cuerpo y el ánima en peor, sino piensa que quedando indemne la libertad del ánima, solo el cuerpo está sujeto a la corrupción, engañado por el fallo de Pelagio, se opone a la Escritura, que dice: El ánima que pecare, esa va a morir y: ¿No sabéis que si os entregáis a uno por esclavos para obedecerle, esclavos sois de aquel a quien os sostenéis? . Y: Por quien uno es vencido, para esclavo suyo es destinado


  • Can. dos. Si alguno asevera que a Adán solo dañó su prevaricación, mas no asimismo a su descendencia, o bien que solo pasó a todo el género humano por un solo hombre la muerte que efectivamente es pena del pecado, mas no asimismo el pecado, que es la muerte del ánima, atribuirá a Dios injusticia, contradiciendo al Apóstol que dice: Por un solo hombre, el pecado entró en el planeta y por el pecado la muerte, y de este modo a todos y cada uno de los hombres pasó la muerte por cuanto todos habían pecado tres.


  • Cánido. tres. Si alguno afirma que la gracia de Dios puede conferirse por invocación humana, y no que exactamente la misma gracia hace que sea invocado por nosotros, contraría al profeta Isaías o bien al Apóstol, que afirma lo mismo: He sido encontrado por los que no me buscaban; expresamente aparecí a quienes por mí no preguntaban


  • Can. cuatro. Si alguno porfía que Dios espera nuestra voluntad para limpiarnos del pecado, y no confiesa que incluso el apreciar ser limpios se hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del Espíritu Santo, resiste al mismo Espíritu Santo que por Salomón dice: Es preparada la voluntad por el Señor y al Apóstol que saludablemente predica: Dios es el que obra en nosotros el estimar y el terminar, conforme su permiso


  • Can. cinco. Si alguno afirma que está naturalmente en nosotros lo mismo el incremento que el comienzo de la fe y hasta el cariño de credulidad por el que creemos en Aquel que justifica al impío y que llegamos a la regeneración del sagrado bautismo, no por don de la gracia —es decir, por inspiración del Espíritu Santo, que corrige nuestra voluntad de la infidelidad a la fe, de la impiedad a la piedad—, se muestra contrincante de los dogmas apostólicos, como desee que el bienaventurado Pablo dice: Confiamos que quien comenzó en vosotros la obra buena, la terminará hasta el día de Cristo Jesús y aquello: A vosotros se os ha concedido por Cristo, no solo que creáis en Él, sino más bien asimismo que por Él sufráis y: De gracia habéis sido salvados a través de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios Pues quienes afirman que la fe, por la que creemos en Dios es natural, definen en cierta manera que son fieles todos los que son extraños a la Iglesia de Dios.


  • Can seis. Si alguno afirma que se nos proporciona divinamente clemencia cuando sin la gracia de Dios creemos, deseamos, queremos, nos esmeramos, trabajamos, rezamos, observamos, estudiamos, solicitamos, procuramos, llamamos, y no confiesa que por la infusión y también inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y deseemos o bien que podamos hacer, como se debe, todas y cada una estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas y no permite en que es don de la gracia misma que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol que dice: ¿Qué debes no lo hayas recibido? y: Por la gracia de Dios soy lo que soy


  • Can. siete. Si alguno asevera que por la fuerza de la naturaleza se puede meditar, como es conveniente, o bien seleccionar algún bien que toca a la salud de la vida eterna, o bien permitir a la saludable esto es, evangélica predicación, sin la iluminación o bien inspiración del Espíritu Santo, que da a todos suavidad en el permitir y opinar a la verdad, es engañado de espíritu herético, por no comprender la voz de Dios que afirma en el Evangelio: Sin mí nada podéis hacer y aquello del Apóstol: No que seamos capaces de meditar nada por nosotros como de nosotros, sino nuestra suficiencia viene de Dios tres.


  • Can. ocho. Si alguno porfía que pueden venir a la gracia del bautismo unos por clemencia, otros en cambio por el libre arbitrio que consta estar viciado en todos y cada uno de los que han nacido de la prevaricación del primer hombre, se muestra extraño a la recta fe. Por el hecho de que ese no asevera que el libre arbitrio de todos quedó desgastado por el pecado del primer hombre o bien, efectivamente, considera que quedó herido de forma que ciertos, sin embargo, pueden sin la revelación de Dios conquistar por sí solos el misterio de la eterna salvación. Qué contrario sea ello, el Señor mismo lo prueba, al testimoniar que no ciertos, sino más bien ninguno puede venir a Él, Sino más bien aquel a quien el Padre atrajere como al bienaventurado Pedro le dice: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Joná, por el hecho de que ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino más bien mi Padre que está en los cielos y el Apóstol: Absolutamente nadie puede decir Señor a Jesús, sino más bien en el Espíritu Santo cuatro.


  • Can. nueve. “Sobre la ayuda de Dios. Don divino es el que pensemos rectamente y que contengamos nuestros pies de la falsedad y la injusticia; pues cuantas veces bien actuamos, Dios, a fin de que actuemos, obra en nosotros y con nosotros”.


  • Can. diez. Sobre la ayuda de Dios. La ayuda de Dios debe ser suplicada siempre y en todo momento incluso por los renacidos y sanados, a fin de que puedan llegar a buen fin o bien perseverar en la buena obra.


  • Can. once. “Sobre la obligación de los votos. Absolutamente nadie haría rectamente ningún voto al Señor, si no hubiese recibido del mismo lo que ha ofrecido en voto”, conforme se lee: Y lo que de tu mano hemos recibido, eso te damos


  • Can. doce. “Cuáles nos ama Dios. Semejantes nos ama Dios cuales debemos ser por don suyo, no cuales somos por merecimiento nuestro”.


  • Can. trece. De la reparación del libre arbitrio. El arbitrio de la voluntad, desgastado en el primer hombre, no puede repararse sino más bien por la gracia del bautismo; lo perdido no puede ser devuelto, sino más bien por el que pudo darlo. Por eso la verdad misma diga: Si el Hijo os liberare, entonces vais a ser realmente libres .


  • Can. catorce. “Ningún miserable se ve libre de miseria alguna, sino más bien el que es prevenido de la clemencia de Dios” como afirma el salmista: Con prontitud se nos anticipe, Señor, tu clemencia y aquello: Dios santo, su clemencia me prevendrá


  • Can. quince. “Adán se mudó de aquello que Dios le formó, mas se mudó en peor por su iniquidad; el leal se muda de lo que actuó la injusticia, mas se muda en mejor por la gracia de Dios. Aquel cambio, puesto que, fue del prevaricador primero; este, conforme el salmista, es cambio de la diestra del Sublime


  • Can. dieciseis. “Nadie se gloríe de lo que semeja tener, tal y como si no lo hubiese recibido, o bien crea que lo recibió por el hecho de que la letra por fuera apareció para ser leída o bien sonó para ser oída. Por el hecho de que, como afirma el Apóstol: Si a través de la ley es la justicia, después de balde murió Cristo subiendo a lo alto, apresó la cautividad, dio dones a los hombres De ahí tiene, todo el que tiene; y quienquiera niega tener de ahí, o bien es que realmente no tiene, o bien lo que tiene, se le quita


  • Can. diecisiete. “Sobre la fortaleza cristiana. La fortaleza de los gentiles la hace la mundana codicia; pero la fortaleza de los cristianos viene de la caridad de Dios que se ha vertido en nuestros corazones, no por el arbitrio de la voluntad, que es nuestro, sino más bien por el Espíritu Santo que nos ha sido dado .


  • Can. dieciocho. “Que por ningún merecimiento se previene a la gracia. Se debe recompensa a las buenas obras, si se hacen; mas la gracia, que no se debe, antecede a fin de que se hagan”.


  • Can. diecinueve. “Que absolutamente nadie se salva, sino más bien por la clemencia de Dios. La naturaleza humana, incluso cuando hubiese continuado en aquella integridad en que fue creada, de ninguna forma se hubiese preservado a sí, si su Autor no la ayudara; por eso, si sin la gracia de Dios, no hubiese podido guardar la salud que recibió, ¿de qué manera va a poder, sin la gracia de Dios, arreglar la que perdió?


  • Can. veinte. “Que el hombre no puede nada bueno sin Dios. Muchos recursos hace Dios en el hombre, que no hace el hombre; ningún bien, pero, hace el hombre que no dé Dios que lo haga el hombre”.


  • Can. veintiuno. “De la naturaleza y de la gracia. A la forma como a quienes deseando justificarse en la ley, cayeron asimismo de la gracia, con toda verdad les afirma el Apóstol: Si la justicia viene de la ley, entonces en balde está muerto Cristo de este modo a aquellos que creen que es naturaleza la gracia que aconseja y percibe la fe de Cristo, con toda verdad se les dice: Si a través de la naturaleza es la justicia, entonces en balde está muerto Cristo. Pues ya estaba acá la ley y no justificaba; ya estaba acá asimismo la naturaleza, y tampoco justificaba. En consecuencia, Cristo no está muerto en balde, sino más bien a fin de que la ley fuera cumplida por Aquel que dijo: No he venido a destruir la ley, sino más bien a darle cumplimiento y la naturaleza, perdida por Adán, fuera reparada por Aquel que afirmó haber venido a buscar y salvar lo que se había perdido” .


  • Can. veintidos. “De lo que es propio de los hombres. Absolutamente nadie tiene de suyo, sino más bien patraña y pecado. Y si alguno tiene alguna verdad y justicia, viene de aquella fuente de que hemos de estar sedientos en este desierto, para que, rociados, tal y como si afirmáramos, por ciertas gotas de ella, no flaqueemos en el camino”.


  • Can. veintitres. “De la voluntad de Dios y del hombre. Los hombres hacen su voluntad y no la de Dios, cuando hacen lo que a Dios desagrada; pero cuando hacen lo que desean para servir a la divina voluntad, incluso cuando de forma voluntaria hagan lo que hacen; la voluntad, no obstante, es de Aquel por quien se prepara y se manda lo que quieren”.


  • Can. veinticuatro. “De los sarmientos de la parra. De tal manera están los sarmientos en la parra que a la parra nada le dan, sino de ella reciben de qué vivir; por el hecho de que de tal manera está la parra en los sarmientos que les provee el comestible vital, mas no lo toma de ellos. Y, por esto, tanto el tener en si a Cristo permanente como el continuar en Cristo, son cosas que aprovechan las dos a los acólitos, no a Cristo. Pues cortado el sarmiento, puede aflorar otro de la raíz viva; pero el que ha sido cortado, no puede vivir sin la raíz .


  • Can veinticinco. “Del amor con que amamos a Dios. Querer a Dios es en lo más mínimo un don de Dios. Él, que, sin ser amado, ama, nos dio que le amásemos. Desagradándole fuimos amados, a fin de que se diese en nosotros con que le agradásemos. De hecho, el Espíritu del Padre y del Hijo, a quien con el Padre y el Hijo amamos, derrama en nuestros corazones la caridad”

Y de esta manera, de conformidad con las sentencias de las santas Escrituras arriba escritas o bien las definiciones de los viejos Progenitores, debemos por bondad de Dios predicar y pensar que por el pecado del primer hombre, de tal modo quedó inclinado y desgastado el libre arbitrio que, de ahora en adelante, absolutamente nadie puede querer a Dios, como se debe, o bien pensar en Dios o bien obrar por Dios lo que es bueno, sino más bien aquel a quien previniere la gracia de la divina clemencia. Por eso incluso aquella preclara fe que el Apóstol Pablo proclama en loa del justo Abel, de Noé, Abraham, Isaac y Jacob, y de toda la muchedumbre de los viejos Santos, pensamos que les fue conferida no por el bien de la naturaleza que primero fue dado en Adán sino más bien por la gracia de Dios. Esta gracia, incluso tras el advenimiento del Señor, a todos y cada uno de los que desean bautizarse sabemos y creemos juntamente que no se les proporciona por su libre arbitrio, sino más bien por la largueza de Cristo, de conformidad con lo que muy frecuentemente hemos dicho ya y lo predica el Apóstol Pablo: A vosotros se os ha dado, por Cristo, no solo que creáis en Él, sino más bien asimismo que sufráis por Él y aquello: Dios que comenzó en vosotros la obra buena, la terminará hasta el día de nuestro Señor y lo otro: De gracia habéis sido salvados por la fe, y esto no de vosotros: pues don es de Dios y lo que de sí afirma el Apóstol: He alcanzado clemencia para ser leal no dijo: “porque era”, sino más bien “para ser”. Y aquello: ¿Qué debes no lo hayas recibido? Y aquello: Toda lismona buena y todo don perfecto, de arriba es, y baja del Padre de las luces Y aquello: Absolutamente nadie tiene nada, si no le fuere dado de arriba Incontables son los testimonios que podrían aducirse de la Sagrada Escritura para probar la gracia; mas se han omitido por amor a la brevedad, pues verdaderamente a quien los pocos no bastan, no van a aprovechar los muchos.



  • Asimismo creemos conforme la fe católica que, tras recibida por el bautismo la gracia, todos y cada uno de los bautizados pueden y deben, con el socorro y colaboración de Cristo siempre que deseen fielmente trabajar, cumplir lo que pertenece a la salud del ánima. Que ciertos, pero, hayan sido destinados por el poder divino para el mal, no solo no lo creemos, sino si hubiere quienes tamaño mal se atrevan a pensar, con toda detestación pronunciamos anatema contra ellos. Asimismo profesamos y creemos saludablemente que en toda obra buena, no comenzamos y después somos ayudados por la clemencia de Dios, sino Él nos inspira primero —sin que anteceda merecimiento bueno alguno de nuestra parte— la fe y el amor a Él, a fin de que procuremos fielmente el sacramento del bautismo, y a fin de que tras el bautismo, con ayuda suya, podamos cumplir lo que a Él complace. Por eso tiene que creerse de toda patentiza que aquella tan fantástica fe del ladrón a quien el Señor llamó a la patria del paraíso y la del centurión Cornelio, a quien fue mandado un ángel y la de Zaqueo, que mereció alojar al Señor mismo no les vino de la naturaleza, sino fue don de la liberalidad divina.

La Iglesia ortodoxa tomó situación por la doctrina sostenida por Juan Casiano y Vicente de Lérins tal y como había sido expresada por este concilio, mas no prosiguió las resoluciones de la Iglesia católica en el punto referente a la doctrina agustiniana.


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