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En un principio, no parecía preciso un nuevo concilio para encarar temas no tratados en el precedente Concilio de Trento, con lo que cuando Pío IX convocó el Concilio Vaticano I ocasionó sorpresa y hasta extrañeza. El ocho de diciembre de mil ochocientos sesenta y cuatro el papa al terminar una asamblea de la Congregación de ritos hizo salir a quienes no eran cardenales y preguntó a estos sobre la posibilidad de convocar un concilio: quince de veintiuno se manifestaron a favor. Entonces hizo una consulta a todos y cada uno de los cardenales y a treinta y seis obispos.


La situación de los Estados Pontificios en ese periodo no era la mejor y múltiples cardenales mostraron sus dudas sobre la ocasión de la celebración de un concilio. No obstante, otros —como el Card. Reisach, el entonces prelados Manning y el prelados Dupanloup— apoyaron la iniciativa. El papa Pío IX anunció en público su pretensión de convocar un concilio el veintiseis de junio de mil ochocientos sesenta y siete y también hizo la convocatoria oficial el veintinueve de junio de mil ochocientos sesenta y ocho con la bulaAeterni Patris. Al instante se crearon 5 comisiones que empezaron la preparación de los esquemas para los documentos y a preguntar los temas que debían tratarse. Las áreas de las 5 comisiones eran: doctrina, disciplina, vida religiosa, misiones y Oriente, y los temas político-religiosos. Al comienzo estas comisiones estaban formadas solo por clérigos de la ciudad de Roma, mas entonces, debido a las protestas que esta resolución hizo surgir, se varió su composición y también incorporaron a los más ilustres teólogos del tiempo con ciertas salvedades esenciales como Newman y Döllinger. Al finalizar sus trabajos, estas comisiones habían elaborado cincuenta esquemas bastante heterogéneos. Al P. Hefele le fue confiada la preparación de un reglamento para el concilio que fue publicado a fines de noviembre de mil ochocientos sesenta y nueve.


Desde el comienzo se conocía que la infalibilidad del papa sería el razonamiento primordial de este concilio, de forma que la nueva doctrina fortalecería la autoridad del papa. No obstante, se generaron diferentes casos de contestación aun ya antes de la celebración del concilio. De esta manera catorce de los veinte obispos alemanes reunidos en Fulda en el mes de septiembre de mil ochocientos sesenta y nueve redactaron una nota que mandaron al papa en la que pedían que el tema de la infalibilidad no se tratara. Asimismo ocasionó fuertes debates la idea de que el concilio apoyara y fomentara la acción contra los de este modo llamados «errores modernos» que el papa Pío IX venía haciendo, y suscribiese el syllabus.

Eclesiásticos de múltiples países reunidos en la ciudad de Roma con ocasión del Concilio.

Los trabajos del concilio empezaron el ocho de diciembre de mil ochocientos sesenta y nueve. En contraste a los concilios generales precedentes, los jefes de Estado no fueron convidados a participar y solo los obispos, los superiores generales de órdenes religiosas y monásticas y los abades nullius disfrutaban de voto deliberativo. Se invitó a participar a los jefes de la Iglesia ortodoxa (por medio del breve Misterio divinae Providentiae consilio) y a los líderes de denominaciones protestantes (a través de la carta Iam vos omnes) mas los dos rechazaron la convidación aduciendo que la manera utilizada para esto, les injuriaba.


El reglamento no consideraba la posibilidad de largas discusiones sobre los esquemas ni la posibilidad de que hubiese un sinnúmero de votos negativos a las propuestas preelaboradas. Al principio, el programa de temas a tratar era muy extenso. Preponderó la necesidad de charlar más de la Iglesia. Asimismo era preciso charlar de la relación entre fe y razón por ser un tema relevante en tiempos de la ilustración y el reto que esto suponía para la Iglesia, de la misma manera que otras teorías científicas como el evolucionismo, que parecían cuestionar las doctrinas cristianas tradicionales. Otro tema a tratar eran las grandes misiones católicas de la temporada.


El diez de diciembre se señaló la composición de la diputación de postulados, encargada de percibir las propuestas de temas a tratar por el concilio. El catorce de diciembre empezaron las votaciones para fijar las comisiones de trabajo. El veintiocho de diciembre empezó la discusión del esquema doctrinal elaborado por el P. J.B. Franzelin y que fue ásperamente criticado por su carácter demasiado académico, indigno de un concilio. Desde el seis de enero se discutieron otros esquemas como el relativo a los obispos y al clero diocesano como el que planteaba la preparación de un nuevo y único catecismo. Todos fueron rechazados y volvieron a sus respectivas diputaciones sin que para el veintidos de febrero nada hubiera sido aprobado.


Durante el concilio y visto el tenor de las discusiones, se hizo preciso mudar el reglamento para amoldarlo a la posibilidad de mayor libertad en el momento de rehusar y ampliar los documentos propuestos por las comisiones preparatorias. De este modo las discusiones se centraron de forma rápida en los 2 temas principales: la infalibilidad pontificia y las relaciones entre fe y razón.


Infalibilidad

Pastor Aeternus

Como se ha citado previamente, ya en los meses precedentes al comienzo del concilio las discusiones sobre el tema de la infalibilidad se hicieron fuertes. Döllinger y Dupanloup se oponían claramente. Henry Maret desde la Sorbona charlaba de una infalibilidad del papa en unión con los obispos, etcétera La preocupación de ciertos ámbitos de la Iglesia católica medró cuando el 1 de febrero de mil ochocientos sesenta y nueve la Civiltà Cattolica publicó un artículo en el que se mentaba la posibilidad, deseada, de que la doctrina sobre la infalibilidad del papa fuera declarada por aclamación a lo largo del concilio. Había oposición sea por estimar tal dogma inaceptable, sea por muy inoportuno, sea asimismo por el hecho de que una declaración en esos términos no podría explicar con la fineza teológica precisa el alcance del dogma.


En ese contexto, Döllinger —con el seudónimo de Janus— publicó una serie de artículos donde no solo criticaba el posible dogma de la infalibilidad pontificia sino más bien asimismo se oponía al primado de jurisdicción papal.La contestación llegó de una parte de un historiador, Joseph Hergenröther mas los debates se agriaban con el pasar del tiempo y conseguían el efecto contrario: puesto que el tema había llegado a ser tan discutido, era ineludible que el concilio se ocupara de él.


En el concilio el conjunto contra la infalibilidad estaba compuesto por los obispos de Austria-Hungría, mayoría de los de Alemania y el cuarenta por ciento de los de Francia. Estos se organizaron y formaban aproximadamente una quinta parte de los progenitores conciliares. Los a favor eran los obispos de U.S.A. y también Italia, con ciertos nombres conocidos como Manning, Dechamps y Senestrey, prelados de Ratisbona. El papa al ver estas contrariedades decidió retirar del esquema sobre la Iglesia católica cualquier mención al tema de la infalibilidad, mas los obispos lo persuadieron de agregarlo en el mes de marzo de mil ochocientos setenta. De esta forma se presentó a discusión el que iba a ser el capítulo XI del esquema sobre la Iglesia y que a solicitud de la mayor parte (con ciertas salvedades esenciales como el Card. Bilio y el Card. Corsi) fue el primero en tratarse en sala. Entonces se hizo una nueva redacción del capítulo, más extenso (llegaron a ser 4 capítulos: corporación del primado, perennidad del primado, el primado de jurisdicción y la infalibilidad) y con vistas a publicarlo como una constitución independiente. Asimismo se amoldó la normativa del concilio dejando que los documentos fuesen aprobados por mayoría simple y no por la unanimidad tradicional, lo que produjo nuevas discusiones dentro y fuera del concilio.


Las discusiones, por orden del papa, debían sostenerse en secreto mas de todas formas iba saliendo información a la opinión pública debido a la expectación y a la ausencia de comunicados oficiales. Entonces, las discusiones sobre la infalibilidad llegaron a los medios masivos. Louis Veuillot y los articulistas de la Civiltà Cattolica se pusieron en favor de la infalibilidad. Dupanloup, Gratry y Döllinger proseguían sus publicaciones de naturaleza histórica y dogmática contra la infalibilidad. Realmente se trataba de 3 grupos: los contrarios al dogma cuando tal, los que no lo consideraban oportuno y los que estaban en favor del dogma.


Por otro lado, se supo que el esquema sobre la Iglesia católica reanudaba y confirmaba las enseñanzas de los católicos con relación a los 2 poderes, espiritual y temporal, sin estimar el cambio de las estructuras políticas y sociales de Europa. Esto produjo una serie de quejas por la parte de los gobiernos de Austria y Francia.


Sin embargo, las discusiones más ásperas proseguían siendo las relativas al capítulo sobre la infalibilidad. Desde trece de mayo al seis de junio se discutió sobre el documento completo sin llegar a ningún acuerdo si bien sí se consiguiera con relación al primado de jurisdicción. Los miembros de la comisión explicaron a los progenitores conciliares que el dogma de la infalibilidad se contenía en la reflexión sobre la Iglesia católica y que no era algo «personal» del papa sino más bien en vistas a su función dentro de ella. Entonces se empezó a discutir, hasta el trece de julio sobre cada una parte del documento. El papa Pío IX manifestó a sus cooperadores que procuraba una definición extensa que no solo tuviera presente las definiciones pontificias ex- cathedra y contaba con el apoyo de jesuitas y del Card. Manning. Mas la reunión conciliar se opuso a esto y se discutió solo si sería preciso el acuerdo explícito de los obispos a fin de que una resolución papal fuera infalible.


Finalmente el trece de julio se votó la constitución. Los resultados fueron:



  • 451 placet
  • 88 non placet
  • 62 placet iuxta modum
  • 50 no se presentaron

La discusión sobre la necesidad del acuerdo de los obispos se alargó con diferentes contrariedades. Múltiples obispos se presentaron al papa para solicitarle que cediese en este punto mas no consiguieron contestación conveniente. Entonces unos días ya antes de la votación terminante, cincuenta y cinco progenitores conciliares mandaron una carta al papa comunicándole su resolución de no participar en esa sesión: estos obispos se retiraron de forma inmediata de la ciudad de Roma. El dieciocho de julio se votó la constitución y consiguió quinientos treinta y tres votos en favor de quinientos treinta y cinco incluso cuando fue pedido el cambio del título del capítulo y de De Romani Pontificis infallibilitate quedó en De Romani Pontificis infallibili magisterio. El texto por último aprobado sobre la infalibilidad es el siguiente:

Dei Filius

A fines del mes de diciembre de mil ochocientos sesenta y nueve se discutió la condena al racionalismo. El esquema propuesto, que había sido redactado por los progenitores Franzelin y Clement Schrader, fue rechazado. Entonces se hizo cargo a otros sacerdotes, los progenitores Kleutgen y Dechamps la preparación de un nuevo esquema llamado De fide catholica. La discusión se extendió hasta el seis de abril de mil ochocientos setenta y se aprobó la Constitución Dei Filius 6 días después.


En ella se asevera que la razón puede por sí misma conocer con certidumbre la existencia de Dios y ciertos de sus atributos, mas que las fuerzas naturales de la razón son deficientes para descubrir los misterios divinos como la Trinidad, la Encarnación, la Redención, etcétera, por lo que resalta la necesidad y también relevancia de la Revelación divina. Se trata aparte de la doble naturaleza de la fe como virtud infusa y al tiempo libre adhesión de la inteligencia a Dios mismo. Por último se condenan los diferentes fallos del ateísmo, del materialismo, del panteísmo, del racionalismo, del tradicionalismo fideísta.


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