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El edicto de Nantes, firmado en el mes de abril de mil quinientos noventa y ocho en Nantes (Francia) por el rey Enrique IV de Francia, fue un decreto que autorizaba la libertad de conciencia y una libertad de culto limitada a los protestantes calvinistas. La promulgación de este edicto puso fin a las Guerras de Religión que conmocionaron a Francia a lo largo del siglo XVI y cuyo punto culminante fue la Matanza de San Bartolomé de mil quinientos setenta y dos. Enrique IV, asimismo protestante, se había transformado al catolicismo para poder acceder al trono. El primer artículo es un artículo de amnistía que ponía fin a la guerra civil:


En los siglos XVI y XVII el edicto se conocía como edicto de pacificación.


El edicto de Nantes, que cierra en Francia el periodo tormentoso de las guerras de religión, no es el primer texto de este género decretado en ese país. Tras las disensiones constatadas en los últimos 4 decenios, Carlos IX firmó el edicto de Saint-Germain, asimismo llamado edicto de enero, el diecisiete de enero de mil quinientos sesenta y dos, que contenía exactamente el mismo espíritu que el edicto de Nantes, acordando la libertad de culto a los protestantes en los suburbios de las urbes. Lo mismo puede encontrarse en el edicto de Amboise (diecinueve de marzo de mil quinientos sesenta y tres) que reducía los derechos a los gentilhombres. Del mismo modo, la Paz de Saint-Germain (ocho de agosto de mil quinientos setenta) acordaba la libertad de conciencia, la libertad de culto y 4 plazas fuertes: La Rochelle, Cognac, Montauban y La Charité-sur-Loire para los protestantes. La diferencia entre estos textos y el edicto de Nantes radica en que este fue aplicado merced a la autoridad de Enrique IV que lo impuso.

Enrique IV de Francia por Frans Pourbus el Joven.

En determinadas urbes, como Burdeos, Grenoble y Capes, los protestantes eran juzgados por tribunales en los que la mitad de los jueces eran asimismo protestantes. En otras, como París, Ruan, Dijon, Toulouse y Lyon, el culto estaba prohibido, al tiempo que en otras, como Saumur, La Rochelle, Montauban o bien Montpellier, se dejaba el culto. Autores como Pierre Miquel cuentan que los católicos que deseaban practicar la fe de sus progenitores no podían ir a la iglesia estaba destruida, o bien la puerta observada por 2 piquetes, por orden de un jefe protestante.Sin embargo, los documentos de la temporada prueban que en las zonas de fuerte implantación protestante las dos religiones convivían en armonía.


El Edicto de Nantes consta de 4 documentos:



  • una primera patente (llamada brevet) promete una subvención anual de cuarenta y cinco escudos para cubrir las necesidades del culto protestante y la retribución de los «ministros» (pastores).
  • el edicto propiamente dicho, formado por noventa y dos artículos públicos. Declarado «perpetuo y también irrevocable», solo puede ser anulado por un nuevo edicto.
  • El edicto entendía asimismo cincuenta y seis artículos secretos o bien “particulares”, firmados el dos de mayo de mil quinientos noventa y ocho, los que trataban de la aplicación práctica del edicto en casos locales específicos.
  • una segunda patente aseguraba a los protestantes ciento cincuenta «lugares de refugio» concedidos para ocho años, entre ellos cincuenta y uno plazas fuertes (llamadas «plazas de seguridad») guardadas por regimientos protestantes. Prorrogada en mil seiscientos seis, mil seiscientos once y en mil seiscientos quince, esta patente fue suprimida por Luis XIII en la Paz de Alès en mil seiscientos veintinueve.

Los tratados de paz precedentes formaron la estructura básica del pacto, puesto que sirvieron de base a 2 tercios de los artículos. Sin embargo, en contraste a los tratados precedentes, la redacción de este edicto tardó bastante. Su insólita extensión se explica por el hecho de que aclaraba las contrariedades con meticulosidad.


El edicto de Nantes "no fue un acto jocoso debido a la voluntad del Rey en la totalidad de su soberanía, sino más bien un tratado en el que los artículos fueron debatidos con beligerancia". Garantizando la libertad de conciencia en todo el reino, aseguraba asimismo la libertad de culto en aquellos lugares en los que los protestantes ya estaban instalados desde ya antes de mil quinientos noventa y siete,como en sus tres mil quinientos castillos y 2 localidades por bailiaje.


Otra idea que se revela falsa para ciertos autores es el término de tolerancia. Este término no figura en el edicto y ni tan siquiera se emplea esta palabra, de forma contraria a lo aseverado en mil novecientos noventa y ocho. En verdad, en esa temporada, esta palabra resultaba negativa, puesto que era homónimo de soportar o bien aguantar. Lo que comprendemos por tolerancia: admitir el pensamiento del otro y respetar su opinión, era plenamente impensable en el siglo XVI. En la cuestión religiosa, cada uno de ellos está persuadido de ser poseedor de la verdad. "En consecuencia, aquello que va contra la creencia de tipo religioso de uno, haciéndole desamparar y abandonar, se podría calificar como un derecho de injerencia para salvarle, impuesto por la fuerza". Mas el edicto de Nantes fue el primero que verdaderamente fue aplicado y respetado, hasta el momento en que se reavivaran los enfrentamientos bajo Luis XIII, por el hecho de que treinta y seis años de guerra civil habían persuadido a un número creciente de franceses que solo la tolerancia religiosa podía salvar el Reino. El término de tolerancia era nuevo: inexistente ya antes de mil quinientos sesenta, adquirió poquito a poco su sentido moderno a lo largo de las guerras de religión.


El edicto concedía libertad de conciencia a los protestantes franceses en su artículo seis, aparte de asegurarles la situación de una minoría respetada con derechos y privilegios. Uno de los artículos secretos aun les garantizaba protección contra la Inquisición cuando viajasen al extranjero. Además de esto, les proporcionaba exactamente el mismo estado civil de los católicos y el derecho a desempeñar cargos públicos.


En vista del trato que otros países dispensaron a las minorías religiosas, el Edicto de Nantes fue “un documento de extraña sabiduría política”, asevera la historiadora Elisabeth Labrousse. El deseo final del rey era que los protestantes volviesen al redil católico. Mientras tanto, la convivencia religiosa fue una solución de compromiso: el único medio a fin de que “todos nuestros súbditos puedan venerar y rezar a Dios”, afirmó el monarca.


En realidad, el edicto favorecía al catolicismo, que fue declarado religión dominante y tendría que ser restituido en todo el reino. Los protestantes debían abonar el diezmo eclesiástico y respetar las fiestas de la Iglesia y las limitaciones preceptivas sobre el matrimonio. El ejercicio del culto protestante se limitó a zonas geográficas concretas y estaba prohibido donde no se autorizaba de manera expresa, como en la Corte y a menos de 5 leguas de la ciudad de París, como en el ejército. El edicto solo trató la coexistencia entre protestantes y católicos, mas no incluyó el resto minorías religiosas. Actualmente se festeja pese a que el edicto garantizaba una tolerancia limitada.


Indudablemente, este tratado no fue acogido con agrado. El parlamento de la ciudad de París forzó a renegociar sus artículos, que pasaron de noventa y cinco a noventa y dos, ya antes de ratificarlo el veintidos de febrero de mil quinientos noventa y nueve, y la mayor parte de los parlamentos provinciales lo ratificaron en mil seiscientos. El parlamento de Ruan no lo admitió hasta mil seiscientos nueve. Ciertas personas, como Agrippa d'Aubigné, lo calificaron de despreciable edicto, y el papa Clemente VIII lo criticó de forma fuerte, aseverando que «la tolerancia era la peor de las cosas del mundo».


Los católicos vieron en este edicto un medio para contener a los protestantes, soñando con su desaparición. Por otra parte, los protestantes no consideraban este edicto más que como una pausa en espera de la conversión de los católicos. "¿Es preciso permitir la libertad de conciencia? De ninguna forma, se trata de la libertad de venerar a Dios cada uno de ellos a su forma. Es un dogma mefistofélico, declaró en 1570Théodore de Bèze, sucesor de Calvino. En mil quinientos ochenta y seis, Catalina de Médicis le afirmó al vizconde de Turenne: "Señor, no veo en sus Estados más que una religión." A lo que respondió el vizconde: "Nos asimismo. Mas que sea la nuestra."


Las crónicas de la temporada hicieron poca mención de él, y ciertos historiadoreslo tildan de “fiasco”. Con todo, el día de hoy se le considera una pieza maestra de la diplomacia política. El edicto se refirió al protestantismo como una religión, no como una herejía. El reconocimiento de otra religión fuera del catolicismo abrió el camino para el pluralismo religioso, lo que, en opinión de un historiador “sirvió para purgar las pasiones francesas del fanatismo que avizoraban tanto a los protestantes como a los católicos”. El edicto reconoció que la religión no era el factor determinante en lo relacionado con la fidelidad al Estado o bien la identidad nacional. Además de esto, los actos delictivos, y no la filiación religiosa, fueron el criterio para proceder judicialmente contra una persona. Estas ideas reflejaban cambios incluso mayores.


Al firmar el edicto, Enrique IV estaba interesado eminentemente por la unidad civil. A fin de asegurarla, el edicto apartó la unidad civil de la religiosa. “Este hecho empezó un proceso de secularización el reconocimiento de que nación y confesión ya no eran sinónimos”, comenta un historiador Si bien la Iglesia católica retuvo cierto grado de autoridad, el poder del Estado se vio considerablemente reforzado. El monarca juzgaría como árbitro en los enfrentamientos. Las soluciones políticas o bien legales a los inconvenientes religiosos significaban que la política dominaría sobre la religión. Por tal razón, cierto historiadorllama al edicto “el triunfo del poder político sobre el papel de la Iglesia”. Otro afirma que el edicto “señaló un instante definitivo en el surgimiento del Estado moderno”.

Artículo principal: Edicto de Fontainebleau

La vertiente militar del edicto de Nantes, o sea, la posibilidad, para los protestantes, de preservar ciertas plazas fuertes militares, fue anulada por Luis XIII, con la promulgación del edicto de gracia de Alés el veintiocho de junio de mil seiscientos veintinueve. Este decreto, aprobado en la sede de La Rochelle, villa protestante, prohibió las reuniones políticas y eliminó los lugares seguros de los protestantes, dejando, sin embargo, la libertad de culto en todo el reino, salvo en la ciudad de París.

Luis XIV, por Hyacinthe Rigaud.

A partir de mil seiscientos sesenta, una política de conversión de los protestantes al catolicismo fue emprendida por Luis XIV por todo el reino. Este plan de conversión se realizaba a través de unos misioneros, reforzado con distintas presiones, como las dragonadas, que tenían por propósito obligar a las familias protestantes a alojar a un dragón, miembro de un cuerpo militar, que ejercitaría sobre ella las presiones precisas para lograr su objetivo. Esta política de conversiones aproximadamente forzosas resultó eficiente, al menos oficialmente, si bien la práctica furtiva del protestantismo prosiguió manteniéndose aun en las familias recién transformadas al catolicismo.


Para terminar con esta política, el texto religioso del edicto de Nantes fue anulado por Luis XIV en mil seiscientos ochenta y cinco por el edicto de Fontainebleau, apoyado por el canciller Michel Le Tellier. El protestantismo fue prohibido en todo el territorio francés.


Esta revocación supuso el exilio para muchos hugonotes, desgastando, con esto, la economía francesa y favoreciendo, por consiguiente, a los países protestantes que los acogieron, Inglaterra y sus colonias como Virginia y Carolina del Sur, Prusia, Suiza, Países Bajos y sus colonias, como Urbe del Cabo y Nueva Ámsterdam. Se estima que fueron doscientos más o menos los asilados, entre aquéllos que se contaban artesanos y miembros de la burguesía.


La revocación del edicto de Nantes tuvo asimismo como consecuencia indirecta múltiples sublevaciones de protestantes, como la guerra de los camisards, como un esencial descenso en el número de protestantes residentes en Francia que, o fueron al exilio o bien se transformaron, de forma progresiva, al catolicismo.


Los sucesores de Luis XIV sostuvieron la prohibición del protestantismo, mas esta fue aplicada progresivamente, sin la intervención de los militares, con lo que numerosas comunidades protestantes pudieron sobrevivir.


En mil setecientos ochenta y siete, Luis XVI decreta el edicto de Tolerancia, que pone fin a todas y cada una de las persecuciones. Va a ser preciso aguardar hasta la Revolución francesa de mil setecientos ochenta y nueve a fin de que el protestantismo recobre sus derechos.


Algunos de los caminos trazados por el Edicto de Nantes fueron adoptados más tarde por otros gobiernos. Con el tiempo, numerosos países redefinieron la relación entre la religión y la política, poniendo la autoridad estatal en un nuevo nivel. El camino que Francia prosiguió al final (en mil novecientos cinco) fue la total separación de la Iglesia y el Estado. Conforme el conocido maestro de Historia y SociologíaJean Baubérot, esta medida fue “la mejor protección para las minorías” en un entorno que se tornaba poco a poco más intolerante. Otros países, incluso cuando se adhieren a una religión estatal, han optado por asegurar en sus constituciones la libertad de religión y un trato equitativo para todos.


No obstante, muchos son los que piensan que todavía puede hacerse más para resguardar la libertad religiosa. “El Edicto de Nantes se memora una vez por siglo y se viola el resto del tiempo”, se lamentó el cronista Alain Duhamel. Ciertos entendidos resaltan, por servirnos de un ejemplo, la actitud intolerante de excluir a otros etiquetando arbitrariamente a todas y cada una de las minorías religiosas como “sectas”. Convivir en paz y sin prejuicios fue una lección esencial que debió aprenderse hace cuatrocientos años, mas que prosigue teniendo relevancia en nuestros días.


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