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Moneda de oro con la imagen del emperador bizantinoZenón I, que emitió el Henotikon. Asimismo lleva por nombre tremís.

En el Concilio de Éfeso había sido condenado Nestorio, que negaba a la Virgen María la prerrogativa de Madre de Dios, considerándola tan solo como madre de Cristo como hombre. En la condena y en la preparación de todo el concilio tuvo un papel preponderante S. Cirilo de Alejandría, que había compuesto contra el heresiarca doce anatematismos en los que defendía la doctrina católica de las 2 naturalezas de Cristo: la divina y la humana.


La reacción antinestoriana cobró caracteres exagerados por la parte de la Escuela de Alejandría, émula tradicional de la Escuela de Antioquía, de donde procedía Nestorio. Y la exageración llega al pináculo cuando el fraile Eutiques de Constantinopla comienza a educar que en Cristo hay únicamente una naturaleza, la divina (mone physis), dando sitio a una nueva herejía: el monofisismo. En defensa de su doctrina, Eutiques echa mano de ciertos conceptos indicados por San Cirilo en sus "Anatematismos", sin que consiguiera comprender el pleno significado que el Santo les diese. Este había utilizado la fórmula mone physis, mas en el sentido en que entonces la comprendería la teología siguiente, esto es, como unión hipostática, unión de las 2 naturalezas de Cristo en una persona divina.


Como había ocurrido con el apolinarismo, otra vez se echaba por tierra, con la nueva herejía, la idea católica, puesto que, al aceptar que no existía en Cristo la naturaleza humana, se negaba además que pudiese haberse efectuado una genuina redención del género humano. Frente a la inflexibilidad de los monofisitas, capitaneados después por el patriarca de Alejandría, Dióscoro, se festeja un nuevo concilio, el de Calcedonia (cuatrocientos cincuenta y uno), donde se condena ceremoniosamente la herejía.


La condenación de los monofisitas chocó con una resistencia fuerte y solapada que no formaba una unidad compacta: al lado de los monofisitas inflexibles (eutiquianos) hacían fila muchos otros, como eran los seguidores de Severo de Antioquía, quien, llevando como bandera lo sostenido por San zurullo ya antes del cuatrocientos treinta y tres (que tenía sentido católico, mas con expresiones no totalmente claras, debido a que aún no estaban bien precisados los conceptos de naturaleza y de persona), rechazaba la fórmula calcedonense de la unión de las 2 naturalezas en una persona o bien hipóstasis por considerarla como una expresión velada del nestorianismo.


Por otro lado, el movimiento monofisita representaba para el Imperio un grave riesgo, puesto que, tanto en Siria como en Egipto, se unían a las tendencias religiosas fuertes corrientes nacionalistas contrarias al helenismo y a la dominación bizantina. La situación empeora cuando los contrincantes de la fórmula calcedonense llegan a apoderarse de los primordiales patriarcados orientales. El emperador León I (cuatrocientos cincuenta y siete - cuatrocientos setenta y cuatro) lucha contra ellos, mas vuelven a ocupar ciertos patriarcados con el apoyo del usurpador Basilisco (cuatrocientos setenta y cinco - cuatrocientos setenta y seis), quien en una encíclica (Encyklion) propia condena tanto la Carta Dogmática que el papa León I mandara al Concilio de Calcedonia como al mismo símbolo del concilio, conminando con graves penas a quienes se adhirieran a ellos. La encíclica fue subscrita nada menos que por quinientos obispos orientales. No obstante, el patriarca de Constantinopla, Acacio, se resiste a ello, quizá por miras políticas, en tanto que preveía la rápida caída del usurpador. Cuando entra en Constantinopla el lícito emperador Zenón (cuatrocientos setenta y cuatro - cuatrocientos noventa y uno), se vuelve nuevamente a la ortodoxia calcedonense, habiendo de resignar sus sedes a ella los patriarcas de Antioquía y de Alejandría. Pese a ello, las violencias siguen en las dos urbes de tal manera que los alejandrinos consiguen imponer en su sede al desaprensivo Pedro Mongo en vez del lícito sucesor: Juan Talaia.


El hecho de que Acacio se hubiese presentado hasta ese momento como un defensor de la auténtica ortodoxia es curioso. Ello le asistía a formarse en directivo del partido constantinopolitano en frente de las aspiraciones de los alejandrinos, que procuraban su independencia agazapados en el monofisismo. Con todo, tampoco le interesaba abrazar con mucho calor la fe de Calcedonia, puesto que ello le suponía reconocer claramente la dirección de la ciudad de Roma, y Acacio deseaba situarse en medio, a forma de árbitro entre las 2 tendencias. Ahora se presentaba una buena ocasión para ofrecer a unos y a otros sus oficios de intermediario. Ambicioso, intrigante y orgulloso, busca su independencia y la primacía absoluta de Bizancio sobre el resto iglesias de la cristiandad. Presenta a Mongo frente al Emperador como el patriarca ideal para Alejandría, capaz de aunar por fin a los divididos. El papa Simplicio (cuatrocientos sesenta y ocho - cuatrocientos ochenta y tres) duda en admitir el nombramiento, mas Acacio se hace el sueco y, mientras, estudia con Mongo la confección de un documento que fuera presentado por el emperador como un edicto religioso en el que, en resumen todo cuanto tenía que común en las diferentes confesiones, se dictase entonces la regla religiosa que tenían que proseguir de ahora en adelante los súbditos del imperio. De esa forma aparece, sin que absolutamente nadie lo esperase, el renombrado edicto conocido con el nombre de "Henotikon".


El documento, a nombre del emperador Zenón, tiene la manera de una carta y se dirige «a los obispos, eclesiásticos, frailes y fieles de Alejandría, de Egipto, de Libia y de Pentápolis». Solo se nombra a las zonas que estaban aproximadamente separadas de la Iglesia católica, lo que quizá se hiciese para hacer opinar al confiado emperador que en esa situación estaban asimismo con el imperio y que, específicamente en Egipto, se preparaba una rebelión de no contentarse en seguida a los monofisitas. Tras protestar de su celo por la fe y de los sacrificios que ha llevado a cabo para reunir a todos y cada uno de los cristianos en una comunión, el emperador manifiesta de qué forma honorables archimandritas y otros personajes de solvencia le habían suplicado que ensayase una nueva tentativa con exactamente el mismo fin.A renglón seguido, admite y también impone como única fórmula de fe «el símbolo de los trescientos dieciocho progenitores (Concilio de Nicea), confirmado por el que le prosigue de ciento cincuenta progenitores (Constantinopla)» y admitido por los que se reunieron en el Concilio de Éfeso, «que depusieron al impío Nestorio, como a los que después admitieron su doctrina». Sancionada, por su parte, la condenación de Eutiques y, tras admitir en su vigor los doce "Anatematismos" de San Cirilo, sigue el documento: «Confesamos, puesto que, que el Unigénito Hijo de Dios y Dios al unísono, hecho realmente hombre, nuestro Señor Jesucristo, consubstancial al Padre en lo que se refiere a la deidad y consubstancial a nosotros en lo que se refiere a la humanidad, que descendió y se encarnó del Espíritu Santo en María Virgen y Madre de Dios, es uno y no 2. Declaramos que son de uno tanto los milagros como los sufrimientos que con libertad padeció en su carne; y no recibimos a los que lo dividen o bien confunden o bien ponen en Él una apariencia de realidad... La Trinidad siempre y en toda circunstancia continúa Trinidad, bien que uno de esa Trinidad, esto es el Verbo de Dios, se encuentra encarnado... A todo aquel que sienta lo opuesto, o bien que tenga ahora o bien cuando sea otras doctrinas, así sea de Calcedonia o bien así sea de otro sínodo, lo anatematizamos...».


De donde se prosigue que lo que afirmaba el documento puede ser tenido como verdad en el planeta católico, mas no lo afirmaba todo, y en eso estaba su falla. No hace ninguna referencia a las 2 naturalezas, rechazando de forma velada la Carta Dogmática del papa San León I y, por si no fuera suficiente, rechaza y condena todo cuanto pudiese venir de Calcedonia. Pretende ganarse a los herejes eliminando una parte de la verdad, esto es, la fe en las 2 naturalezas de Cristo. Admite a Nicea y a Éfeso, mas no admite exactamente la misma verdad de ellos, más detallada y clarificada por los progenitores de Calcedonia y ovacionada nuevamente por todo el orbe católico. Más que de hereje, habría que tachar al "Henotikon" de favorecedor de la herejía por sus renuencias. Esa es la razón de que jamás lo haya condenado explícitamente la Iglesia.

Artículo principal: Cisma acaciano

Mientras que la enorme mayoría de los obispos orientales admitieron el documento, otros, aun exactamente los mismos monofisitas, se enfadaron. Los de Alejandría, por servirnos de un ejemplo, llegaron a crear serias contrariedades a su patriarca, Pedro Mongo. De la ciudad de Roma llegaron amonestaciones para su primer promotor, Acacio. El sucesor de Simplicio, Félix III (cuatrocientos ochenta y tres - cuatrocientos noventa y dos), actúa con energía y, al ver que exactamente el mismo Acacio había sobornado a los legados que le mandara a Constantinopla en plan de conciliación, festeja un sínodo en la ciudad de Roma (cuatrocientos ochenta y cuatro) donde, en nombre del Espíritu Santo y de la autoridad apostólica, declara a Acacio desposeído de su sacerdocio, separado de la comunión católica y de la comunidad de los fieles y privado de todo derecho y de toda función sacerdotal. Acacio se subleva y, en venganza, manda borrar de los dípticos el nombre de Félix, inaugurando el primer cisma bizantino; este se alargará durante treinta y cuatro años y sería causa, además de esto, de que el monofisismo prosiguiera existiendo de ahora en adelante en Oriente.


La paz llega, por fin, en tiempos del emperador Justino I y del papa Hormisdas (quinientos catorce - quinientos veintitres) bajo una nueva "Fórmula de Unión" (quinientos diecinueve), en la que se reconoce de forma plena el símbolo calcedonense y se dictamina el anatema contra Nestorio, Eutiques y otros jefes significados. El cisma de Acacio, terminado en quinientos diecinueve, contribuyó a crear esa psicosis de recelos y diferencias que entonces acabarían en el lamentablemente insigne Cisma de Oriente de los ss. IX a XI.


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