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El término original francés «huguenot» (pronunciado o bien habría aparecido en mil quinientos sesenta en textos de la temporada y en la correspondencia de autoridades del poder real, en substitución de «luthérien» («luterano»), empleado hasta ese momento. Si ciertos autores apuntan ignorar el origen del apodo, otros recogen diferentes orígenes posibles, mas el origen etimológico de «hugonote» prosigue siendo un tema de discute.


El porqué de la denominación no es muy conocido, mas de exactamente la misma forma que la mayor parte de los apodos dados por la mayor parte católica a los protestantes en distintos países, hugonote habría tenido en su origen un sentido despectivo que el siglo XVI explicó diciendo que el término era homónimo de «partidario del diablo». En verdad, en un contexto de enfrentamientos por la legitimidad religiosa en los que se procuraba satanizar al contrincante, se acusaba a menudo a los hugonotes de rendir culto al demonio debido a que practicaban sus liturgias a la noche.


Así es como el filólogo y humanista hugonote francés del siglo XVI, Henri Estienne, apunta en su Apologie d'Hérodote (mil quinientos sesenta y seis) que se trataba de vincular a los protestantes como súbditos de un espectro de la urbe de Tours:


De exactamente la misma forma el historiador y humanista Étienne Pasquier, de exactamente la misma temporada que las guerras de religión, afirmaba que la palabra «huguenot» procedería del rey Hugon o bien Huguet de Tours para dar a comprender que los protestantes eran acólitos de un espíritu de las tinieblas por el hecho de que solo se reunían por la noche. Teodoro de Beza, cooperador y sucesor de Juan Calvino, mienta asimismo esta etimología, evocando a los protestantes de Tours.


Las fuentes actuales apuntan cara otro posible origen etimológico del término «hugonote». El historiador H. G. Koenigsberger, entre otros muchos, en su obra El planeta moderno (1500–1789), mantiene que el nombre podría proceder de la palabra alemana Eidgenossen, es decir, 'confederados', nombre que empleaba el partido de patriotas ginebrinos que se asociaron con la confederación de cantones suizos —que ya se habían adherido a la Reforma Protestante— para liberarse del dominio del duque de Saboya, católico, cuyos partidarios eran llamados «mammellus». De esta palabra habría derivado eignots, empleada por los protestantes de Ginebra en la temporada de Calvino. En las minutas del Consejo de la urbe aparecen como aguynos, y en mil quinientos veinte como eyguenots, en el patoisginebrino. El príncipe de Condé, en un documento de mil quinientos sesenta y dos recogido en sus memorias, emplea las palabras Aignos y Aignossen para referirse a los protestantes franceses de la Conjura de Amboise, que fracasaron en su intento de substraer al rey de Francia de la poderosa repercusión de la Casa de Guisa en mil quinientos sesenta.


Esa expresión podría haberse mezclado asimismo con el nombre Hugues, de Hugues Besançon, el político suizo que dirigía el partido de los confederados ginebrinos ya antes de la llegada de Calvino. Resulta necesario remarcar que esta terminología se empleaba en los años en los que las comunidades hugonotes de Francia sostenían estrechos nudos con Ginebra, donde Calvino había establecido desde mil quinientos treinta y ocho seminarios en los que formar a los asilados franceses que tenían que extender la doctrina calvinista una vez de vuelta en su país.


Entre los autores que apoyan la repercusión del nombre Hugues, múltiples hacen derivar «Huguenot» de Hugo Capeto, basándose en declaraciones del historiador flamenco del siglo XVI, Francisco Haraeo. Conforme esta teoría, serían los Guisa los que habrían apodado de forma despreciativa Huguenots a los protestantes de la Conjura de Amboise, por ser estos fieles defensores de los descendientes de Hugo Capeto.


El auténtico organizador de los rehabilitados franceses fue Juan Calvino, siguiendo el movimiento comenzado por Martín Lutero en Sajonia. Las ideas de estos 2 reformistas disfrutaron de determinado éxito en Francia, país en el que el Cisma de Occidente, el progreso del galicanismo, la Pragmática Sanción de Bourges y la guerra de Luis XII de Francia contra el papa Julio II habían desgastado de forma notable el prestigio y la autoridad papal.


De pacto con lo apuntado por el evangélico Samuel Vila Ventura en su Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia, el movimiento hugonote francés se remonta a la publicación en la ciudad de París de la obra de Jacques Lefèvre d'Étaples: Sancti Pauli Epistolae XIV ex- Vulgat: adiecta intelligentia ex- Graeco, cum commentariis, en mil quinientos doce, en la que se enseñaba meridianamente la doctrina de la justificación por la sola fe; el prefacio de sus comentarios de los Evangelios, publicados en mil quinientos veintidos, es en ocasiones considerado como el texto fundacional de la Reforma en Francia. Se le unieron múltiples acólitos, como los teólogos Guillaume Farel, Jodocus Clichtove, Gérard Roussel, Nicolas Cop, Etienne Poncher y Michel d'Arande, todos miembros del Cenáculo de Meaux, una escuela impulsada y amparada por el prelados de Meaux, Guillaume Briçonnet, que les invitó a que estudiasen en su diócesis una reforma que volviera a los orígenes del cristianismo, sin por esta razón romper con la religión católica. La reina Margarita de Navarra, hermana del rey Francisco I y abuela del futuro rey Enrique IV de Francia, les ofreció su apoyo ante el rey y favoreció la expansión de las nuevas ideas en sus dominios. Francisco I, educado en los principios humanistas del Renacimiento, se mostraba parcialmente tolerante cara las nuevas ideas mas se hallaba dividido entre su deseo de agradar al papa y la conveniencia de ganarse el apoyo de los príncipes luteranos germánicos contra Carlos V.


Desde mil quinientos veinte los escritos de Lutero se habían difundido entre los eruditos de Francia y cientos de copias de sus libros se vendían en la ciudad de París, mas la capacitad de teología de La Sorbona condenó sus escritos en mil quinientos veintiuno. A instigación de La Sorbona, y dotado por el papa León X de poderes singulares para la supresión de la herejía, el Parlamento de la ciudad de París empezó brutales medidas de opresión en mil quinientos veinticinco, aprovechando que el Rey estaba preso en la villa de Madrid.Múltiples pensadores reformistas fueron detenidos, torturados o bien quemados vivos. El Cenáculo de Meaux se disolvió; ciertos de sus miembros se desdijeron, otros escaparon a Estrasburgo y a Suiza o bien procuraron protección en las zonas donde regía Margarita de Navarra.


Tras el tema de los panfletos en el mes de octubre de mil quinientos treinta y cuatro, en el que miles y miles de pasquines contra la misa católica fueron pegados en la ciudad de París, en las provincias y hasta en la puerta de los aposentos del Rey, este se inclinó cara las demandas de los católicos y adoptó una actitud con franqueza hostil cara los reformistas, actitud que sostuvo hasta su muerte en mil quinientos cuarenta y siete. En mil quinientos treinta y cinco, participó en una procesión solemne en la que fueron quemados 6 herejes, dejó que el Parlamento arrestase en Meaux a setenta y cuatro de ellos, de los que dieciocho fueron quemados vivos, y decretó un edicto que ordenaba la exterminación del luteranismo y de sus seguidores. A los poquitos meses Juan Calvino, que había escapado a Basilea, publicó su obra La Corporación de la Religión Cristiana (mil quinientos treinta y cinco) cuyo prefacio era dirigido al rey Francisco I de Francia. Editada en francés en mil quinientos cuarenta y uno, la obra le dio fama y tuvo una profunda repercusión en el desarrollo del protestantismo en Francia, que se distanció claramente del catolicismo.


Una vez establecido en Ginebra en mil quinientos treinta y seis, Calvino asistió a organizar las comunidades rehabilitadas de Francia, llamadas desdeñosamente «pretendida religión reformada» en los textos oficiales. Sus acólitos instruidos en Ginebra retornaban a sus lugares de origen a fin de ganar nuevos adeptos y de organizar las comunidades hugonotes. Frente a la propagación de la nueva fe, los viejos edictos de tolerancia fueron reemplazados entre mil quinientos treinta y nueve y mil quinientos cuarenta por nuevos textos que daban poderes inquisitoriales a los tribunales y a los jueces. El sucesor de Francisco I, Enrique II de Francia, sostuvo la lucha contra la Reforma; en mil quinientos cuarenta y siete el Parlamento de la ciudad de París creó una comisión, la Chambre ardente (Cámara candente), para juzgar a los Rehabilitados, y en el mes de junio de mil quinientos cincuenta y uno el edicto de Châteaubriant codificó todas y cada una de las medidas que se aplicaban en la defensa de la fe católica. En consecuencia muchos herejes fueron ejecutados en la ciudad de París, Burdeos, Lyon, Rouen y Chambéry. Se cree que esta coalición entre la Corona, La Sorbona y el Parlamento de la ciudad de París impidió que la Reforma se extendiese en Francia con exactamente el mismo éxito que en Inglaterra o bien en Alemania.


A pesar de las persecuciones el protestantismo se introdujo en todas y cada una de las provincias francesas. Desde mil quinientos cuarenta y siete las comunidades comenzaron a formar iglesias, aunque la primera iglesia rehabilitada fue establecida oficialmente en la ciudad de París en mil quinientos cincuenta y cinco. Otras prosiguieron, en Meaux, Poitiers, Lyon, Angers, Orléans, Bourges y La Rochelle. En el Sínodo de la ciudad de París de mil quinientos cincuenta y nueve, los protestantes franceses decidieron en su gran mayoría aprobar una declaración doctrinal meridianamente calvinista, para presentarla frente al nuevo rey de Francia, Francisco II.


Sin embargo, la repercusión de la Casa de Guisa, oponente declarada de la Reforma, desató como contestación, una política meridianamente represiva contra la respetada minoría protestante. Las familias hugonotes serían perseguidas por todos y cada uno de los medios y por espacio de treinta años (mil quinientos sesenta y dos a mil quinientos noventa y cuatro).


El más insigne de los hugonotes fue, indudablemente, Enrique de Navarra, hijo de Juana de Albret y futuro rey Enrique IV de Francia. Fue obligado a renunciar, para salvar su vida, a lo largo de la matanza de San Bartolomé (veinticuatro de agosto de mil quinientos setenta y dos), diciendo la conocida frase: "París bien vale una misa". Más tarde volvió a abrazar el protestantismo, una vez a salvo en su reino; para renunciar de forma terminante, en mil quinientos noventa y tres, al entender que ser católico era una condición indispensable para ser reconocido como rey de Francia.


Durante su reinado, restauró la paz civil en Francia firmando el Edicto de Nantes (trece de abril de mil quinientos noventa y ocho) y concediendo determinadas plazas fuertes a los protestantes.


El dieciocho de octubre de mil seiscientos ochenta y cinco, Luis XIV de Francia, el Rey Sol, decide anular el Edicto de Nantes y también empezar la conversión sistemática de los franceses protestantes. Desde mil seiscientos ochenta y uno en la provincia de Poitou, y desde mil seiscientos ochenta y cinco en todo el territorio de Francia menos en la ciudad de París, recurrió, entre otras muchas ideas, a las dragonadas. Esta práctica represiva consistía en alojar a un conjunto de dragones en la casa de una familia de hugonotes para obligarles a transformarse al catolicismo a través de humillaciones, torturas y el saqueo de sus posesiones. Frente al anuncio de la llegada de los dragones, pueblos enteros se transformaban, horrorizados.


Desde mil seiscientos sesenta y uno, los hugonotes comenzaron a emigrar debido al cúmulo de interdicciones y restricciones del Edicto de Nantes impuestas por el gobierno de Luis XIV. En mil seiscientos sesenta y nueve, un edicto real se lo prohíbe castigándoles con las galeras para los hombres, la cárcel para las mujeres, y la confiscación de sus recursos. Desde mil seiscientos ochenta y dos, la prohibición se extiende a los nuevos conversos. Entre mil seiscientos ochenta y seis y mil seiscientos ochenta y nueve se generó un éxodo masivo que siguió hasta las primeras décadas del siglo XVIII. Entre mil seiscientos ochenta y cinco y mil setecientos quince, se estima que emigraron unos doscientos hugonotes.


Numerosos hugonotes escaparon a los Países Bajos, Suiza, Inglaterra y a distintas urbes evangélicas alemanas, como Kassel, Erlangen y Berlín, como a Prusia. Muchos otros se instalarían en las colonias británicas del Cabo y la América británica y empezarían sus ideas colonizadoras, cuyos descendientes contribuirían a la fundación de naciones modernas como Suráfrica y los U.S.A. de América.


En el artículo «Refugiado» de la «Enciclopedia de Diderot y D'Alembert», se halla esta cita: «Luis XIV, al perseguir a los protestantes, ha privado a su reino de más de un millón de hombres trabajadores» (artículo que, se supone, escribió Voltaire). Los emigrantes pertenecían en su mayor parte a los campos de la producción artesanal y también industrial, a las profesionales liberales, al ejército y a la enseñanza.Su marcha ralentizó el desarrollo económico de Francia y favoreció a los países de acogida, como Alemania, arruinada tras la Guerra de los Treinta Años. Los que se quedaron en Francia fueron perseguidos hasta mediados del siglo XVIII.


A pesar de las conversiones forzadas, muchos siguieron a profesar el protestantismo de forma furtiva en lo que se llamó la iglesia del «Desierto». Las comunidades de fieles se reunían en sus domicilios para practicar su ceremonia en secreto, y se reunían en reuniones tumultarias en lugares apartados, de forma frecuente a la noche. Estas «asambleas del Desierto» podían reunir hasta dos mil o bien tres mil personas, y al concluir su sermón del pastor festejaba decenas y decenas de bodas y bautizos. Ciertas grutas del sur de Francia se conocen con el nombre de «cuevas de los hugonotes», en las que se refugiaban los reverendos que iban de paso para eludir ser detenidos.


Los sermones, los rezos y las cartas manuscritas de los pastores, como los libros requisados en aquella temporada, revelan que desde mil setecientos treinta-mil setecientos cuarenta existía gran pluralidad de géneros de fe y que la teología de los hugonotes se alejaba poco a poco más del calvinismo ortodoxo, dando sitio a la aparición de nuevas teologías abiertas a la repercusión de las ideas del Siglo de las Luces.


Si bien el Edicto de Versalles de mil setecientos ochenta y siete, decretado bajo el reinado de Luis XVI, dejó a los no-católicos practicar su religión de forma privada y les devolvió el acceso al registro civil, los protestantes no tuvieron plena libertad de culto hasta la Revolución francesa, con la aprobación de la Constitución de mil setecientos noventa y uno.


Las libertades básicas de los protestantes en ese país, incluyendo el reconocimiento legal de sus matrimonios, esto es, de sus familias, fueron aceptadas de nuevo por el Estado francés en mil ochocientos dos.


A mediados del siglo XVIII, los protestantes se dividieron por causa del liberalismo, mas en mil novecientos cinco (veinticinco de octubre) fueron capaces de organizar la Federación Protestante de Francia (en francés Fédération Protestante de France) para «defender los intereses protestantes» en el contexto de un Estado laico y regular los sacrificios de evangelización, educación de los pastores, enseñanza de la feligresía y misiones.


La FPF reunía en dos mil siete a diecisiete iglesias y uniones de iglesias (luteranas, rehabilitadas-calvinistas, bautistas y evangélicas generalmente). La población protestante de Francia se estima en un millón 100 mil feligreses más o menos, a los que hay que agregar otros cuatrocientos evangélicos agrupados en la Federación Evangélica de Francia (FEF), organizada en mil novecientos sesenta y nueve y que engloba a unas cuatrocientos veinticinco organizaciones de corte evangelicalista, o sea, que resaltan la autoridad unívoca de las Sagradas Escrituras, el compromiso componente y el nuevo nacimiento, en contraposición al entronque histórico enraizado en las Reformas (Protestante y Radical) y en la herencia religiosa medieval de cátaros y hugonotes.


Con ocasión de las celebraciones por el centenario de la Federación Protestante de Francia, Le Monde publicó en el mes de octubre de dos mil cinco una entrevista al pastor Jean-Arnold de Clermont, presidente de la FPF ese año, en la que aseveraba que «el protestantismo francés no tiene color político» y agregaba, respecto a sus relaciones con la Federación Evangélica de Francia, que la Federación centenaria «reúne a iglesias diferentes en un proyecto asociativo que pone el acento en la relación con la modernidad», al tiempo que el proyecto de la FEF es el de «reunir a las iglesias en torno a una Declaración de Fe». Puestas así, concluía que «no estamos en competencia con la Federación Evangélica de Francia».


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