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salud  La última cena (Leonardo da Vinci) 


Luis XII, rey de Francia, llegó a Milán y destrozó el ducado, y tras ver la espléndida obra de Leonardo pensó en llevarla a su país.

En principio se trataba de un encargo modesto. En santa María, el convento de los dominicos próximo al palacio, el duque había mandado a erigir una iglesia. En el refectorio de los hermanos, el milanés Montorfano había pintado una crucifixión, en cuya parte inferior Leonardo agregó el retrato de los donantes: Ludovico, su esposa y sus 2 hijos. Leonardo cooperó asimismo en la ejecución de los medallones y otros ornamentos murales con las armas de los españoles, tal y como si quisiese probar primero la habilidad de su mano para la enorme labor que se le aproximaba.


Leonardo creó La última cena, una de sus mejores obras, la más sosiega y distanciada del planeta temporal, a lo largo de esos años propios por los conflictos armados, las intrigas, las preocupaciones y las catástrofes. Se piensa que en mil cuatrocientos noventa y cuatro el duque de Milán Ludovico Sforza, llamado "el Morisco", encargó a Leonardo la realización de un fresco para el refectorio de la iglesia dominica de santa Maria delle Grazie, Milán. Ello explicaría las insignias ducales que hay pintadas en las 3 lunetas superiores. Leonardo trabajó en esta obra más deprisa y con mayor continuidad que jamás a lo largo de unos 3 años. De alguna forma, su naturaleza, que tendía cara el colosalismo, supo encontrar en este cuadro una labor que lo absorbió por completo, forzando al artista a concluirla.


En su novella LVIII, Matteo Bandello, que conoció bien a Leonardo, escribe que lo observó muchas veces


Esta forma de pintar, tan diferente de la velocidad y seguridad que demanda la tradicional pintura al fresco, explica que el pintor optase por una técnica diferente y asimismo que se demorara a lo largo de años su acabado.


Giorgio Vasari, en sus Vite, asimismo describe en detalle de qué forma lo trabajó, de qué manera ciertos días pintaría como una furia, y otros pasaría horas solo mirándolo, y de qué forma paseaba por las calles de la urbe buscando una cara para Judas, el traidor; a este respecto, cuenta la anécdota de que esta forma de trabajar intranquilizaba al prior del convento y este fue a lamentarse al duque, quien llamó al pintor para solicitarle que acelerase el trabajo:


Igualmente, el escritor Giambattista Giraldi se hizo eco de esta manera de trabajar basándose en los recuerdos de su padre:


Así puesto que, Leonardo observaba esmeradamente los modelos del natural, mas no era algo frecuente en aquella temporada. Por lo general se copiaban los modelos conocidos y ya probados; ciertos artistas repetían una y otra vez durante su vida un tipo que les había salido bien y había tenido éxito, como, por servirnos de un ejemplo, Perugino, el condiscípulo de Leonardo. Este, pero, nunca se repitió; siempre y en todo momento consideró cada una de sus obras una labor totalmente nueva, especial y diferente de la precedente. Leonardo intentó dotar a sus figuras de la mayor diversidad posible y del máximo movimiento y contraste. En su libro de pintura recomienda «Los movimientos de las personas son tan diferentes como los estados anímicos que se provocan en sus ánimas, y cada uno de ellos de ellos mueve en diferentes grados a las personas . En otro pasaje se refiere al efecto de los contrastes «Lo feo al lado de lo precioso, lo grande al lado de lo pequeño, el anciano al lado del joven, lo fuerte al lado de lo débil: hay que alternar y confrontar esos extremos tanto como resulte posible.» Esta cercanía y antagonismo de las figuras es lo que da su riqueza a La Última Cena: Judas, el malvado/Juan, el hermoso y bueno; cabezas ancianas/cabezas jóvenes; personas excitadas/personas apacibles. Si bien el planeta puede querer el carácter renovador del cuadro en las incontables imitaciones y reproducciones siguientes, la obra nos genera un efecto de serenidad y sencillez, de concentración alrededor del núcleo de la escena que en ella se desarrolla.


En mil cuatrocientos noventa y siete el duque de Milán pidió al artista que concluyera la Última cena, que acabó, seguramente, a fines de año. Andrés García Corneille, en su libro Da Vinci, comenta que «cuando Leonardo empezó su obra, sabía que iba a demandarle un buen tiempo y que difícilmente vería mucho dinero por ella (Puesto que se trataba del pedido de un duque), cosa que infringía claramente los reglamentos del gremio de artistas al que pertenecía, y sin cuya conformidad era imposible ejecutar una obra en Florencia. En verdad, nunca solicitó un solo centavo por la obra que hizo, cosa que al duque le sorprendió y no afirmó ninguna palabra».


Cuando terminó, la pintura fue alabada como una pieza maestra de diseño y caracterización. La dio por terminada, si bien , eterno insatisfecho, declaró que debería proseguir trabajando en ella. Fue expuesta a la vista de todos y contemplada por muchos. La fama que el «gran caballo» había hecho surgir se asentó sobre cimientos más sólidos. Desde ese instante se le consideró sin discusión no solo uno de los primeros maestros de Italia sino más bien el primero. Los artistas asistían desde lejísimos al refectorio del convento de santa María delle Grazie, miraban la pintura detenidamente, la copiaban y la discutían. El rey de Francia, al entrar en Milán, acarició la idea de desprender el fresco de la pared para llevárselo a su país.


Pronto se puso en patentiza, no obstante, que solamente terminarse ya comenzaba a desprenderse de la pared. Por desgracia, la utilización experimental del óleo sobre yeso seco provocó inconvenientes técnicos que condujeron a su veloz deterioro ya cara el año mil quinientos, lo que provocó numerosas restauraciones en la espléndida obra. Leonardo, en vez de utilizar la fiable técnica del fresco, que demandaba una velocidad de ejecución indigna de él, había experimentado con diferentes agentes aglutinadores de la pintura, que fueron perjudicados por moho y se descamaron.


Desde mil setecientos veintiseis se hicieron intentos errados de restauración y conservación.Goethe, que vio la estancia con escasas transformaciones en mil setecientos ochenta y ocho, la describe así:


En mil novecientos setenta y siete se comenzó un programa usando las más modernas tecnologías, a consecuencia del como se han experimentado ciertas mejoras. Si bien la mayoría de la superficie original se ha perdido, la grandeza de la composición y la penetración fisonómica y sicológica de los personajes dan una vaga visión de su pasado esplendor.


La pintura se ha mantenido como una de las obras de arte más reproducidas, con incontables copias efectuadas en todo género de medios, desde alfombras hasta camafeos. Ya en el siglo XVI comenzó a ser reproducida por múltiples pintores, merced a lo que sobreviven múltiples copias que atestiguan de qué manera pudo ser en su estado original. Una de las copias más tempranas y conocidas, obra de Giampietrino, se conserva en la Royal Academy of Arts de la ciudad de Londres.


Leonardo ha elegido, es posible que a sugerencia de los dominicos, el instante quizás más trágico. Representa la escena de la Última Cena de los últimos días de la vida de Jesús de Nazaret conforme relata el Nuevo Testamento. La pintura está basada en Juan 13:21, en la que Jesús anuncia que uno de sus 12 acólitos le traicionará.

La última cena, detalle de la mesa, con esta y el plato en perspectiva.

La aseveración de Jesús «uno de vosotros me traicionará» causa aflicción en los 12 seguidores de Jesús, y ese es el instante que Leonardo representa, procurando reflejar "los movimientos del ánima", las diferentes reacciones personalizadas de cada uno de ellos de los 12 apóstoles: unos se sorprenden, otros se levantan pues no han oído bien, otros se ahuyentan, y, por último, Judas recula al sentirse mencionado.


Aunque se fundamenta en las representaciones precedentes de Ghirlandaio y Andrea del Castagno, Leonardo crea una formulación nueva. Como puede verse en el dibujo preparatorio, Leonardo pensó en un inicio en la composición tradicional, con Judas delante de la mesa, y los otros once apóstoles enfrente, con Jesucristo en el medio como uno más. Leonardo se separó de esta tradición iconográfica y también incluye a Judas entre el resto apóstoles, pues ha escogido otro instante, el siguiente a su anuncio de que uno lo traicionará. Leonardo cambió la situación de Jesucristo, que en un inicio estaba de perfil hablando con Juan Evangelista, que semeja de pie a su lado, (hay otro apóstol que asimismo estaba de pie), y lo ubica en el centro, cara el que confluyen todas y cada una de las líneas de fuga, resaltando todavía más al concretarse contra el ventanal del centro, rematado con un arco y separándolo de los apóstoles. A los dos lados de Jesucristo, apartados en forma de triángulo y señalados con colores colorado y azul, están los apóstoles, agrupados de 3 en 3.


La mesa con los 13 personajes se enmarca en una arquitectura tradicional representada con precisión por medio de la perspectiva lineal, en concreto central, de forma que semeja ampliar el espacio del refectorio tal y como si fuera un trampantojo salvo por la distinta altura del punto de vista y el monumental formato de las figuras. Ello se consigue mediante la representación del pavimento, de la mesa, los entapices laterales, las 3 ventanas del fondo o bien, en resumen, los casetones del techo. Esta construcción en perspectiva es lo más importante del cuadro.


La escena semeja estar bañada por la luz de las 3 ventanas del fondo, en las que se atisba un cielo crepuscular, de la misma manera que por la luz que entraría mediante la ventana auténtica del refectorio. Dicha iluminación, como el fresco colorido, han quedado destacados mediante la última restauración. Los 12 Apóstoles están distribuidos en 4 conjuntos de 3. Ello prosigue un esquema de tríadas platónicas, conforme a la escuela florentina de Ficino y Mirandola. Examinando de izquierda a derecha, en la segunda tríada se halla Judas, cuya traición rompe la tríada, colocándole fuera de ella. La tercera tríada desarrolla la teoría del amor platónico. El amor es el deseo de la belleza, la esencia de Dios es amor y el ánima va cara su amor ebria de belleza. En la cuarta tríada se observa a Platón, Ficino y quizás al propio Leonardo; trata del diálogo filosófico que lleva a la verdad de Cristo.n la obra, los acólitos y Jesús aparecen sentados y detrás de ellos se puede querer un paisaje tal y como si fuera un bosque o bien aun tal y como si fuera el paraíso. Los apóstoles se reúnen en 4 conjuntos de 3, dejando a Cristo parcialmente apartado. De izquierda a derecha conforme las cabezas, son: Bartolomé, Santiago el Menor y Andrés en el primer grupo; en el segundo Judas Iscariote con pelo y barba negra, Simón Pedro y Juan, el único imberbe del grupo; Cristo en el centro; Tomás, Santiago el Mayor y Felipe, asimismo sin barba en el tercer grupo; Mateo, supuestamente sin barba o bien con barba rala, Judas Tadeo y Simón el Celote en el último. Todas y cada una de las identificaciones proceden de un manuscrito autógrafo de Leonardo hallado en el siglo XIX.



  • Bartolomé, Santiago el Menor y Andrés.
  • Judas Iscariote, Simón Pedro y Juan.
  • Tomás, Santiago el Mayor y Felipe.
  • Mateo, Judas Tadeo y Simón Zelote.

En la obra asimismo se puede apreciar que entre Pedro Simón y Judas Iscariote se ve una mano manteniendo un cuchillo, de lo que Bruce Boucher, del New York Times, argumenta:


Dibujos preparatoriosEditar



  • Estudio para la Última Cena, uno de los Apóstoles
  • Estudio sobre la predisposición de los Apóstoles en torno a la mesa
  • Estudio sobre el semblante de Cristo

La gran fama de esta obra ha despertado el interés de muchos estudiosos y asimismo de ciertos prosistas que procuran solucionar los presuntos misterios y misterios que la rodean. Por poner un ejemplo, Clive Prince y Lynn Picknett, en su libro La revelación templaria, y Dan Brown, en su novela El código Da Vinci, aseveran que la figura a la derecha de Jesús (izquierda conforme se mira) no es realmente Juan, sino más bien una figura femenina.Esta aseveración puede desmentirse observando los dibujos de Leonardo donde se ve que es el apóstol más joven, Juan. Las múltiples obras de arte que se han inspirado en el cuadro y las parodias existentes contribuyen a transformar a La última cena en una de las obras más espléndidas en la Historia del Arte.


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