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salud  Masacres de septiembre 


Desde el veinte de abril de 1792Francia estaba en guerra contra el Sagrado Imperio Romano Germánico, puesto que el emperador Francisco I de Habsburgo era sobrino de María Antonieta de Austria, la esposa del rey Luis XVI de Francia. Su padre Leopoldo II de Habsburgo, el precedente monarca, ya había establecido la coalición al lado del rey Federico Guillermo II de Prusia en el mes de agosto de mil setecientos noventa y uno en la Declaración de Pillnitz contra la Revolución Francesa. Las tropas prusianas asaltaron Longwy el veintitres de agosto de mil setecientos noventa y dos, y Verdún, asediada, estaba a puntito de correr exactamente la misma suerte. El pueblo parisino se vio sumergido en una avalancha de pánico: conforme con el Manifiesto de Brunswick, fechado el veinticinco de julio, el duque de Brunswick, con expresiones indudables, ponía de manifiesto que: si no se rendían a las órdenes reales, el ejército prusiano entraría en la ciudad de París y realizaría una «ejecución militar y una subversión total».


Algunos revolucionarios procuraron mover las instituciones de la República y evacuar la capital. Georges-Jacques Danton se opuso tajantemente a esta intención. Y prendió, dentro de los revolucionarios, la idea de que tenían un contrincante interior. Comenzó a extenderse el rumor de que los contrarrevolucionarios (que se encontraban presos) estaban prestos a tramar una conspiración, y que eran cómplices y, en consecuencia, culpables de las amenazas proferidas por Brunswick. Los sans culottes demandaron una justicia veloz a fin de poner término a la presunta conspiración.


Las matanzas comenzaron con el degüello de veintitres sacerdotes presos en la cárcel de la Abadía por unos federados marselleses y bretones. Un conjunto de los ciento cincuenta sacerdotes, que estaban presos en el convento de las Carmelitas, se rindió. Cuando llegó el conjunto ejecutor al convento, los sacerdotes se dirigieron a la capilla en la que fueron asesinados a golpes de pico, de hacha y bastón. En este sitio fueron «juzgadas» y «ejecutadas» más de trescientos personas. Stanislas-Marie Maillart, ejecutor de las órdenes del Comité de vigilancia, condenó, uno a uno, a todos los que se presentaron ante él «a la fuerza». Cuando se abrieron las puertas del convento y salieron los condenados, cayeron todos bajo las picas o bien las bayonetas. Esta matanza duró toda la noche.


Ese mismo día 4 sacerdotes fueron asesinados en la iglesia de Saint-Paul Saint Louis (actual iglesia de Saint-Paul en le Marais), vieja iglesia perteneciente a los jesuitas.


Las matanzas se realizaron, a lo largo de 5 días, en el resto cárceles: en la Conserjería, en la Prison du Grand Châtelet, en la Force, en las prisiones de Salpêtrière y Bicêtre (que se hallaban en el circuito del Centro de salud de la Pitié-Salpêtrière) y en la Prison des Carmes.


Pero las matanzas no se detuvieron acá. Marat pretendía que estos «tribunales populares» se extendiesen por toda Francia. A tal fin hizo publicar en sus periódicos una circular, fechada el tres de septiembre de mil setecientos noventa y dos, en la que justificaba los castigos y provocaba las iras que provocaron más «juicios» sumarios:


Se realizaron ejecuciones en Orleáns, Meaux o bien Reims, mas la situación en las provincias fue considerablemente más moderada con relación a las ejecuciones que se hicieron en la capital. En suma y a lo largo de estos días de septiembre, en la ciudad de París y en sus diferentes departamentos se efectuaron más de mil cuatrocientos ejecuciones.


Las matanzas no se limitaron a los contrarrevolucionarios, fueron asesinados asimismo pequeños mercaderes o bien artesanos, y aunque los contrarrevolucionarios fueron las primeras víctimas, la mayor parte de los presos por delitos comunes fueron, además, ejecutados.


El papel que jugó el gobierno revolucionario en estas matanzas no quedó nada claro: los asesinos ¿fueron, en su totalidad, espontáneos o bien las matanzas en las que se implicaron estuvieron animadas (o bien organizadas) por el poder del gobierno?


«Audacia, otra vez audacia, siempre y en toda circunstancia audacia». Estas palabras pronunciadas por Danton el dos de septiembre de mil setecientos noventa y dos, quedaron grabadas en todas y cada una de las memorias. Danton era, por entonces, el Ministro de Justicia del Consejo ejecutivo compuesto por 6 miembros. Este consejo fue constituido por la Reunión legislativa la noche del diez de agosto de mil setecientos noventa y dos.


La Comuna de la ciudad de París y la Reunión legislativa estaban enzarzadas en una lucha por el poder que paralizaba a Francia, que estaba, en aquel instante, en un estado de guerra civil que la transformaba en prácticamente ingobernable. El gobierno de la República era objeto de una lucha fiero entre los diferentes partidos, y tanto los unos como los otros no vacilaban en tomar unas ideas que, la mayor parte de las veces, se desarrollaban sin coordinación alguna y eran contradictorias. Para la Comuna el poder le había sido concedido al Comité de vigilancia, sobre el que Danton y Marat ejercitaban una repercusión determinante.


La Comuna había decidido crear un ejército de sesenta hombres para combatir a los prusianos. Oficialmente se trataba de no dejar sin defensas a las urbes que estaban en poder de los contrarrevolucionarios; mas se tenía la absoluta convicción de que los voluntarios serían, en verdad, los más extremistas y que, en dependencia del poder central, tendrían preponderancia sobre los moderados. La Comuna había realizado abundantes arrestos (arbitrarios) mas no se había audaz, aún, a «juzgar» tal como se hizo a lo largo del periodo conocido como «El Terror». En este sentido, la Comuna se despreocupaba, de forma interesada, de las matanzas y, en verdad, los asesinos no se distinguían en nada de los cariños a la Comuna, al paso que los promotores eran personas influyentes de la Comuna.


Tras la toma de la Bastilla, Marat estaba persuadido de que la política más eficiente para romper con el pasado era la de recortar ciertas cabezas. Su periódico era uno de los más virulentos de la capital y había adquirido gran prestigio tras el arresto de Luis XVI.


Para Marat, este episodio puso de manifiesto una estrategia de insurrección común a todos y cada uno de los movimientos extremistas y, particularmente, a todos los que se sienten conminados, y que venia a poner a los más moderados frente a los hechos consumados y también impedía una vuelta atrás:



  • 1.— suprimiendo a todos y cada uno de los del bando opuesto


  • 2. — recluyendo a todos y cada uno de los moderados cómplices de las masacres


  • 3. — creando una atmosfera de terror y forzando al silencio a las creencias contrarias.

De hecho, las matanzas dejaron que los patriotas extremistas consiguieran un sitio preponderante y que, en las elecciones que prosiguieron, Marat y Danton lograran el triunfo.


Las Matanzas de septiembre son el testimonio de esta lógica. También formaron uno de los primeros «patinazos» de la Revolución francesa. Discutido a veces, este evento ha sido, y va a ser, motivo de vivos debates entre los historiadores, puesto que ciertos la contemplan como una visión marxista de la Revolución (Albert Soboul), otros tratan de probar los límites del poder popular (François Furet).


Las matanzas de septiembre de mil setecientos noventa y dos tuvieron un total de mil a mil cuatrocientos víctimas, o sea, la mitad de los presos parisinos. Hubo trescientos siete fallecidos entre los trescientos cincuenta y siete presos en la cárcel de la Abadía que comparecieron frente a los tribunales populares. 3 cuartas unas partes de los presos estaban presos por delitos comunes.


No se festejan celebraciones oficiales. Las víctimas son consideradas como mártires. El calendario ritual mienta el dos de septiembre como el día de la celebración de los Bienaventurados mártires. Esta mención no figura en las agendas ordinarias.


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