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Conferencia de Seelisberg

Al conocerse los horrores del Holocausto tras el final de la Segunda Guerra Mundial, ciertos sacerdotes, teólogos y laicos católicos fomentaron la revisión del tratamiento teológico que la Iglesia daba al judaísmo, que se había planteado en el periodo de entreguerras en reacción al antisemitismo nacionalsocialista —entre los que resaltó el teólogo francés Jacques Maritain—. En esta toma de conciencia desempeñó un papel fundamental el judío francés Jules Isaac, cuya familia fue víctima del genocidio nacionalsocialista. Este denunció que el origen del antisemitismo se hallaba en el antijudaísmo cristiano y su "enseñanza del menosprecio" cara los judíos, el pueblo deicida conforme el cristianismo, con lo que el antisemitismo nacionalsocialista no hizo sino más bien "reiniciar y llevar a su punto de perfección una tradición.. de odio y menosprecio".


En mil novecientos cuarenta y siete Isaac y Maritain, entre otros muchos, organizaron la conferencia de Seelisberg de la que salió un decálogo de propuestas de revisión de la doctrina católica respecto del judaísmo. Tras rememorar el leño común de cristianismo y judaísmo —el Viejo Testamento— y indicar que Jesús, la Virgen y los apóstoles eran judíos, se aseveraba que no podía responsabilizarse de la muerte de Cristo "solo" a los judíos, puesto que "fue a raíz de la humanidad entera", con lo que se rechazaba la idea de que el pueblo judío estuviese maldito y fuera condenado por Dios al sufrimiento.


Bajo el pontificado de Juan XXIII las nuevas ideas promovidas por el conjunto de Seelisberg recibieron un enorme impulso. En mil novecientos cincuenta y nueve el papa decidió quitar la referencia a los "pérfidos judíos" de la ceremonia del Viernes Santo y por año siguiente, el trece de junio de mil novecientos sesenta, recibía en audiencia a Jules Isaac, que le había mandado un documento con un listado de propuestas que servirían de base para la revisión de las enseñanzas católicas sobre el judaísmo y los judíos. En el mes de septiembre de ese año el papa encargaba al cardenal Augustin Bea, jesuita alemán, la preparación de un documento que sirviese de base para su discusión en el Concilio Vaticano II que terminaba de convocar.


Sin embargo el documento que redactó el cardenal Bea por encargo de Juan XXIII fue rechazado en vísperas del concilio por su Comisión Central, y asimismo fue excluido de la propuesta sobre ecumenismo, pese a que contaba con el apoyo del Papa, a raíz de la oposición de ciertos obispos, singularmente los de Oriente Medio, que temían que provocara represalias contra las minorías cristianas de los Estados árabes. En el verano de mil novecientos sesenta y cuatro el cardenal Bea hizo un último intento y planteó incluirlo como un apartado de un nuevo documento sobre las relaciones del catolicismo con las religiones no cristianas, mas debió admitir que la redacción terminante corriese al cargo de la Comisión Central, encabezada por el secretario de Estado de la santa SedeAmleto Cicognani. De esta manera cuando en el mes de septiembre de mil novecientos sesenta y cuatro se presentó el nuevo texto, se pudo revisar que se hallaba alejadísimo del documento de Bea.


Se comenzó entonces un duro discute en el que el secretario Cicognani consiguió imponer su tesis de que se suprimiera la alusión al judaísmo del documento sobre las relaciones con las religiones no cristianas (según parece, un conjunto de obispos españoles festejó su eliminación con champán). Mas la nueva fue filtrada al diario francés Le Monde, lo que provocó que 15 obispos enviaran una carta de queja al nuevo papa Pablo VI, quien decidió intervenir. De esta forma el documento original del cardenal Bea, que recogía las propuestas de la conferencia de Seelisberg, fue presentado a la reunión del concilio y aprobado el dieciocho de noviembre de mil novecientos sesenta y cuatro con mil seiscientos cincuenta y uno votos a favor, noventa y nueve en contra y doscientos cuarenta y dos solicitudes de enmienda. Dada la enorme cantidad de enmiendas presentadas el Papa le solicitó al cardenal Bea que las tuviera presente y reelaborara el documento, que fue el que por último se incorporó a la declaración Nostra Aetate, aprobada el veintiocho de octubre de mil novecientos sesenta y cinco con dos mil doscientos veintiuno votos afirmativos y ochenta y ocho negativos.


La declaración empieza comprobando que "en nuestra temporada... el género humano se une poco a poco más de manera estrecha y aumentan los vínculos entre los distintos pueblos" y ahora recuerda el origen común de todos y cada uno de los hombres —"todos y cada uno de los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, pues Dios hizo morar a todo el género humano sobre la faz de la tierra"— que "aguardan de las diferentes religiones la contestación a los misterios ocultos de la condición humana, que el día de hoy como el día de ayer, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre, cuál es el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para lograr la auténtica dicha, la muerte, el juicio, la sanción tras la muerte? ¿Cuál es, por último, aquel último y también inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del que procedemos y cara donde nos dirigimos?"


A continuación, el documento reconoce la sabiduría de las religiones orientales, sobre todo en su sed inacabable de conocimiento. "De esta forma, en el Hinduismo los hombres estudian el misterio divino y lo expresan a través de la inacabable fertilidad de los mitos y con los penetrantes sacrificios de la filosofía, y procuran la liberación de las angustias de nuestra condición a través de las modalidades de la vida virtuosa, mediante profunda meditación, o buscando cobijo en Dios con amor y confianza. En el Budismo, conforme sus múltiples formas, se reconoce la insuficiencia radical de este planeta mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con espíritu devoto y confiado pueden adquirir el estado de perfecta liberación o bien la suprema iluminación, por sus sacrificios apoyados con el socorro superior".


En consecuencia, "la Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de Santo y auténtico. Considera con honesto respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por mucho que disientan en mucho de lo que profesa y enseña, no raras veces reflejan un destello de aquella Verdad que alumbra a todos y cada uno de los hombres.Por lo tanto, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, a través de el diálogo y cooperación con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y fomenten aquellos recursos espirituales y morales, como los valores asociado-culturales que en ellos existen".


Respecto del Islam el documento resalta que cristianos y musulmanes creen en un mismo Dios y destaca lo que tienen en común: "La Iglesia mira asimismo con afecto a los musulmanes que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todo poderoso, Autor del cielo y de la tierra, que charló a los hombres, a cuyos ocultos propósitos intentan someterse con toda el ánima como se sometió a Dios Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia. Adoran a Jesús como profeta, si bien no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal, y en ocasiones asimismo la invocan devotamente. Aguardan, además de esto, el día del juicio, cuando Dios retribuirá a todos y cada uno de los hombres resucitados. En consecuencia, aprecian la vida ética, y honran a Dios sobre todo con la oración, las dádivas y el ayuno"


A continuación la declaración insta a olvidar las contrariedades del pasado y a fomentar los valores comunes de la justicia social, la paz y la libertad: "Si en el trascurso de los siglos brotaron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, intenten y fomenten unidos la justicia social, los recursos morales, la paz y la libertad para todos y cada uno de los hombres".


Tras referirse al judaísmo —la confesión no cristiana a la que dedica mayor espacio— Nostra aetate concluye con un llamamiento a la hermandad universal. "No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con ciertos hombres, creados a imagen de Dios. La Iglesia, por ende, censura como extraña al espíritu de Cristo cualquier discriminación o bien humillación efectuada por motivos de raza o bien color, de condición o bien religión. Por esto, el sagrado Concilio, siguiendo las huellas de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, suplica ardientemente a los fieles que, "observando en la mitad de las naciones una conducta ejemplar", de ser posible, cuando de ellos depende, tengan paz con todos y cada uno de los hombres, a fin de que sean realmente hijos del Padre que está en los cielos".


La relación entre cristianismo y judaísmoEditar


La redacción final sobre las relaciones entre el cristianismo y el judaísmo que aparecen en la declaración recoge en lo esencial la propuesta del cardenal Bea, por su parte basada en el decálogo de la conferencia de Seelisberg. Conforme el historiador de España Gonzalo Álvarez Chillida, "altera de forma notable el tono y hay asimismo alguna alteración significativa".


El documento empieza aseverando la raíz común del cristianismo y el judaísmo ("el pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido con la raza de Abraham") y ahora pone fin al antijudaísmo cristiano cuando asevera que la elección de Israel por Dios no ha caducado ("los judíos son aún amadísimos por Dios a raíz de sus progenitores, por el hecho de que Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación"), con lo que rechaza que los judíos sean señalados "como réprobos y malditos". También rebate la acusación de deicidio contra los judíos, base esencial del antijudaísmo cristiano, al aseverar que la muerte de Jesús "no puede ser encausada ni de forma indistinta a todos y cada uno de los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de el día de hoy Cristo, como siempre y en todo momento lo ha profesado y profesa la Iglesia, abrazó de manera voluntaria y movido por enorme caridad, su pasión y muerte".


Consecuentemente, la Declaración Nostra Aetate implica ya desde mil novecientos sesenta y cinco una actitud absolutamente renovadora por la parte de la Iglesia, actitud corroborada por el voto de la enorme mayoría de los participantes en el Concilio. Ello mana del texto mismo de la Declaración, donde se señala de manera expresa que:


Desde su promulgación por Pablo VI, Nostra aetate ha servido de guía a las relaciones de la Iglesia católica con las religiones no cristianas, y sobre todo para el acercamiento entre el cristianismo y el judaísmo. El papa Juan Pablo II ahondó todavía más en la la relación de la Iglesia para con el judaísmo por medio de su visita al campo de exterminio de Auschwitz en mil novecientos setenta y nueve, al que calificó de "nuevo Gólgota del planeta moderno"; asistió además de esto a la sinagoga de la ciudad de Roma en 1986; se establecieron relaciones diplomáticas con Israel y se emitió una solicitud pública de perdón por la intolerancia sostenida representando a Cristo.


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