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Inquisición

El derecho penal establecido por la Inquisición en sus diferentes temporadas y modalidades se caracterizó por su oposición a ciertas o bien todas y cada una de las reglas generales del derecho penal común reconocidas hasta el momento


Por inspiración del Derecho romano, los procesos penales medievales y modernos se fundamentaban en el esquema del proceso acusatorio romano, de carácter parcialmente garantista, aunque de forma profunda rehabilitado más tarde en la temporada liberal desde los principios ilustrados. Las peculiaridades de ese proceso fueron invertidas por el llamado proceso inquisitorial preceptivo, que subvertió los principios generales del derecho penal.


Diferencias generales


Frente al proceso penal acusatorio, de carácter ordinario, oral, público y también inmediato (con aplicación del principio probativo de la inmediatez), el proceso inquisitorial se establecía como singular (specialis), escrito, secreto y también indiciario (basado en la sospecha, o bien suspicio). Conforme semejantes premisas, el proceso quedaba fuera del conocimiento y escrutinio público, realizándose, conforme las instrucciones dadas en su instante, sine strepitu (sin hacerse apreciar). Del mismo modo, el proceso inquisitorial es arbitrario: o sea, el juez puede determinar la pena sin sostenerse a ninguna ley que lo limite, frente al legalismo propio del derecho común.


Igualdad y desigualdad de partes


Si en las causas penales ordinarias el proceso se comenzaba a instancia de parte (o sea, a través de una accusatio formal, en la que el insultado denunciaba en público al ofensor, explicitando asimismo la falta de respeto) los procesos inquisitoriales se empezaban, por norma general, de oficio (ex- officio), y cuando esto no era de esta manera, como vamos a ver, no había forma de distinguirlo de un proceso a instancia de parte. La acusación pública demandada por el derecho penal ordinario, que garantizaba, cuando menos teóricamente, la igualdad de partes, era reemplazada de este modo por la demanda segrega y anónima, que consagraba, exactamente, la desigualdad de partes. Realmente, el iudex ordinario, que mediaba entre 2 partes (acusado y inculpador) en el proceso penal común, era reemplazado por un fiscal. Tal cosa implicaba la coincidencia del inculpador con el juez en una persona, eliminándose de hecho el principio general nemo iudex in sua causa (ningún juez lo debe ser de su causa), desapareciendo de esta forma el principio de contradicción que se demanda en los procesos ordinarios.


Presunción de inocencia y opinio malis


La acusación pública en el proceso ordinario tradicional era contrarrestada por el principio de presunción de inocencia, castigándose el perjurio, conforme los ordenamientos (a veces con pena de talión). En cambio, la acusación segrega, que daba comienzo al proceso inquisitorial, se fundamentaba en la diffamatio y la suspicia (la difamación y la sospecha) que establecía una presunción de culpabilidad (llamada opinio malis), invirtiendo de esta manera la carga de la prueba (llamada onus probandi). Conforme tal principio probativo, actual actualmente, la prueba recae en el que asevera (affirmanti incumbit probatio): no obstante, en el proceso inquisitorial, el acusado debe probar su inocencia, aun sin conocer los motivos específicos por los que se le procesa (puesto que todo el proceso se basa en una opinio malis).


Así, inquisitorialistas como Gacto consideran que el principio in dubio pro preso (en el caso de duda se favorece al preso) fue reemplazado por el de in dubio pro fidei (en el caso de duda, se favorece la causa de la Fe)


Límites del juez ordinario, arbitrio judicial y pruebas


En todo proceso penal ordinario el juez está limitado por el principio dispositivo, conforme el que el poder sobre las intenciones debatidas en el proceso lo tienen las partes que lo ejercitan, no pudiendo el juez, motu proprio, incluir mayores elementos en el litigio. Tal cosa no sucede en el proceso penal inquisitorial, donde el principio dispositivo es reemplazado por el principio inquisitivo: es el fiscal-inculpador-juez quien marca los objetivos del pleito:


Si el derecho regio (el derecho penal común) impedía al juez fundamentarse en rastros para dictar sentencia (como muestran para el derecho castellano medieval las 7 Partidas, por servirnos de un ejemplo, en VII, treinta y uno, siete, y VII, treinta y uno, nueve), la base de la acusación y de la condena pueden estar basados en la pura suspicio (sospecha), y puede ser indiciaria. Tal es de esta manera, que se aceptaban testigos directos y también indirectos (un testigo indirecto es el que atestigua sobre el testimonio de otro).


Por otro lado, la confesión de culpabilidad era considerada como prueba plena, aun bajo tortura, si bien con determinados límites, como vamos a ver.


Otro límite demandado en el proceso ordinario es la tasación de la prueba y la demanda de contemplar el principio de causalidad, que en el proceso inquisitorial es reemplazado por el arbitrio judicial: el juez deja de estar atado a un texto legal que fundamente la sentencia condenatoria o bien absolutoria, al revés de lo que establece el principio de legalidad. Del mismo modo, en el proceso ordinario rige el principio non bis in idem: una persona no puede ser procesada un par de veces por exactamente los mismos hechos. En cambio, como se expicará más adelante, el proceso inquisitorial implica la conversión de la absolución en antecedente caso de que exista una ulterior condena.

Para conseguir información sobre el proceso específico en la administración inquisitorial en España, véase Inquisición de España.

Existían 2 géneros de procesos: el general y el singular.


El proceso de Inquisición general (Inquisitio generalis) se hacía por el prelados, el inquisidor, o bien por los dos, y tenía carácter informativo y preparatorio. Tenía sitio cuando circulaban cotilleos de herejía, cuando el prelados visitaba su diócesis o bien en el momento en que un nuevo inquisidor tomaba posesión del cargo. Consistía el la lectura de un Edicto de gracia, tras el que, y en un periodo de treinta o bien cuarenta días, quienes estuvieran implicados en actos de herejía podían entregarse y, sin abonar más que una dádiva, podían librarse de penas mayores.A alumbrar del siglo XVI el Edicto de gracia fue reemplazado por el Edicto de fe:


El Edicto de Fe era una convidación a la demanda (bajo pena de excomunión) o bien a la confesión (bajo promesa de trato misericordioso). La demanda era segrega. La inquisición general podía antedecer a la inquisición singular (Inquisitio specialis).


El segundo género de proceso, la Inquisición singular se dirigía a un caso específico, o bien a un conjunto específico de casos Podía celebrarse desde un proceso general, o sin que este le antecediera.

Escudo de la Inquisición. A los dos lados de la cruz, la espada representa el trato a los herejes y la rama de olivo la reconciliación con los arrepentidos. Rodea el escudo la historia legendaria «EXURGE DOMINE ET JUDICA CAUSAM TUAM. PSALM. 73», que en latín significa Álzate, oh Dios, a proteger tu causa, cántico setenta y tres (setenta y cuatro).

En términos generales, y como ciertos procesos penales actuales, la Inquisición Singular se dividía en 2 partes: la inquisitiva (o bien de instrucción) y la judicial (o bien probativa). En la primera, el juez instructor estudia (averigua, de ahí el nombre de la Inquisición), o sea, tras percibir una demanda, o bien motu proprio, busca pruebas y reúne testigos, todo ello en secreto. En la segunda, ya con el acusado bajo detención, se confrontan testimonios y se procede a los diferentes interrogatorios, con vistas a producir sentencia.


La inquisición singular podía iniciarse por 3 vías:



  • Per accusationem
  • Per inquisitionem
  • Per denuntiationem

En el primer caso se trataba de una demanda pública por herejía, y en consonancia con el proceso acusatorio, la calumnia se castigaba con pena de Talión. No obstante, ciertos inquisitorialistas de la época estimaban que la pena de Talión no se empleaba en el caso de acusación imprudente (un caso del arbitrio judicial), por razones obvias: absolutamente nadie se prestaría a una acusación si pudiese salir perjudicado.


En el segundo caso, el inquisidor, por propia voluntad (non ad istantiam partes, sed ex- officio), empieza el procedimiento, basándose en cotilleos o bien cualquiera otros rastros o bien sospechas que tenga.


El tercer caso era el de la demanda segrega, o bien delación. Esta modalidad era anónima, hasta tal punto que el acusado podía no distinguirla del proceso per inquisitionem (ex- officio), puesto que el acusador mismo podía aparecer en el proceso no como parte, sino más bien como simple testigo.


En los 3 casos, si las sospechas son arbitrariamente consideradas suficientes, se procede al arresto del acusado.


Permisos y arresto


Desde el instante en que se comenzaba el procedimiento el inquisidor debía proseguir determinados pasos. Ciertos casos (cuando el encausado era religioso, noble o bien escritor) requerían el permiso inicial del Supremo Tribunal de la santa Inquisición. Una vez recibido el dictamen romano (o bien inmediato superior, en el caso de una administración inquisitorial autónoma), el inquisidor procedía al arresto.


Examen simple


Tras el arresto y confiscación de recursos para abonar las costas del proceso, se procedía a un interrogatorio del preso. Bajo juramento, se amenazaba al acusado a decir la verdad, esto es, a confesar de manera espontánea sus faltas (lo que tiene paralelismo con el sacramento homónimo), todo ello sin ser informado de los cargos. Si el preso se negaba, o bien no tuviese nada que decir, se pasaba a la amonestatio (o bien monición), o sea, la amonestación a decir la verdad. Se le explicaba de forma general, sin especificar demasiado (para no descubrir la identidad del denunciante o bien de los testigos) qué se aguardaba de su confesión. El acusado tenía derecho a procurarase un letrado (aunque con el tiempo, el letrado lo daría la propia Inquisición) y podía presentar una lista de posibles contrincantes, con objeto de recusar a los testigos, testigos que, realmente, ignoraba.


Tal ingnorancia del preso respecto de los cargos, los denunciantes o bien acusadores, o bien los testigos, contribuía en buena medida a su indefensión, y le dejaba sumido en una completa confusión:


Si afirmaba no rememorar, o bien no saber, o bien sus contestaciones eran imprecisas o bien contradictorias, o bien evitaba contestar a lo preguntado, se ordenaba su encarcelamiento.


Aislamiento indefinido


La fase de aislamiento carecía de límites temporales precisos, y se podía extender por horas o bien por años (de este modo por poner un ejemplo, el eclesiástico y teólogo de España Bartolomé de Carranza estuvo dieciocho años en esa situación). Se efectuaba en prisiones segregas que la Inquisición tenía preparadas al efecto. El aislamiento tenía el doble objetivo de eludir la fuga del acusado, y al tiempo prepararlo psicológicamente para la próxima fase procesal, que el acusado de ordinario conocía.Las condiciones materiales de internamiento eran mejores que las de las prisiones no pertenecientes a la Inquisición, mas se le negaba el acceso a los servicios religiosos y a las visitas.


Riguroso examen


La siguiente fase se llamaba estricto examen, que no es otra cosa que un interrogatorio bajo tortura. Para empezar esta fase debían cumplirse 4 condiciones:



  • Debían haber rastros suficientes.
  • Debía conseguirse permiso del Tribunal Superior.
  • Debía haber pacto con el prelados de la diócesis, que asiste al interrogatorio
  • Debía haber finalizado el periodo probativo y testifical, o sea, debía efectuarse al final de todo el proceso..

El estricto examen tenía 3 objetivos posibles: conocer el hecho, ahondar en el hecho (pro ulteriori veritate) o bien conocer la pretensión (supra intentione) que había dado sitio al hecho (téngase en cuenta que la acusación era, de ordinario, por herejía, esto es, por un delito de opinión).


Al interrogatorio asiste el inquisidor, el prelados (o bien un representante), los notarios o bien escribanos, esporádicamente un médico, y lógicamente, el preso.Ya antes del examen de nuevo se le reprende (a esta práctica se la llamaba, como hemos visto, monición: se le anima a confesar, mostrándole el sitio donde se le va a torturar). Si incluso de esta manera se negaba a confesar, se procede a torturarlo. Primero se anota la data, los asistentes y el nombre del interrogado. Entonces, a través de reloj de arena (puesto que la tortura no tenía en puridad que extenderse más de media hora), y tras desvestirlo (las mujeres podían cubrirse con unos paños), se da inicio al interrogatorio bajo tormento.


Tras media hora, si el preso no confesaba, y si el Inquisidor decidía seguir la sesión otro día, se escribía en el acta la expresión animo tamen y se devolvía al torturado a su celda, advirtiéndole de que en tiempo indeterminado se le volvería a llamar. Si el preso confesaba, debía confirmar la declaración con libertad y con posterioridad, ya sin tormento. La peculiaridad de semejante confirmación (en oposición al derecho penal común) es que al preso no se le leía su precedente declaración a fin de que sencillamente la ratificara, sino debía hacerla nuevamente, de su voz, con objeto de que el inquisidor pudiese advertir contradicciones o bien descubrir razones para procesar a otros herejes, aunque podía leérsele a veces el sumario, para refrescarle la memoria.


Los géneros de tortura eran variados: suspendiéndolo de las muñecas con las manos atadas a la espalda (la garrucha), quemándole las plantas de los pies, dándole baquetazos (el azote) o bien aplastándole los pies o bien los dedos (el aplastapulgares). Cabía la posibilidad de que por alguna lesión (fractura anteriormente, defecto anatómico, etc) el acusado no pudiese ser sometido a un tipo específico de suplicio: en tal caso, un médico o bien múltiples, emitían un dictamen, que se agregaba al acta, y el Inquisidor decidía un procedimiento de tortura alternativo. En cualquier caso, la normativa impedía que la tortura dejase lesiones permanentes o bien lisiara al preso.


El escribano que estaba presente en la sesión de tortura recogía todos y cada uno de los detalles y "anotaba cada palabra y cada ademán, dándonos con esto una increíble y macabra prueba de los sufrimientos de las víctimas de la Inquisición". El próximo es un caso de estos documentos. Se trata de una mujer judeoconversa acusada de proseguir practicando su vieja religión por no comer carne de cerdo y mudarse de ropa cada sábado (si bien cuando es puesta en el potro ignora absolutamente la acusación y lo que han afirmado los testigos de cargo, puesto que esta era la manera de actuar de la Inquisición: que el preso confesase sin que se le afirmara qué supuesto delito había cometido):


Es relevante indicar que la tortura era un procedimieto empleado en toda Europa en el derecho penal común. La innovación introducida por el procedimiento inquisitorial se encuentra en que únicamente se aplicaba en el momento en que las pruebas habían sido presentadas y los testigos habían declarado. Eso explica que la carencia de confesión bajo tortura, o bien una retractación siguiente de lo declarado, no implicaba la absolución del preso.


Los posibles estados del acusado


Una acusación de herejía o bien brujería, técnicamente, no siempre y en todo momento acababa en la fogata, aunque, como afirmaba Tuberville, "se puede dejar la Inquisición sin ser quemado, mas no sin salir chamuscado".


A ojos de la Inquisición, los cristianos (puesto que únicamente tenía jurisdicción sobre ellos) podían pertenecer a diferentes categorías, en función de su situación en el proceso inquisitorial: protestatio, abiuratio, purgatio, relapsia, pertinatia y contumatia.


La Protestatio:Algunos historiadores establecen que la primera corporación legal que adelanta la inquisición fue la protestatio. En el momento en que un escritor entregaba a la imprenta una obra incluía en su comienzo una autocrítica precautoria. La protestatio se componía de 3 partes:



  • la professio fidei
  • la cautio
  • la declaratio

En la primera parte, el creador expresaba su pertenencia a la Iglesia católica y aseveraba proseguir sus enseñanzas, rechazando la herejía. En la segunda, declaraba que cualquier fallo o bien seperación de las enseñanzas de la Iglesia debe imputársele a su ignorancia, y debe considerarse como no escrito. Para finalizar, en la declaratio el creador admitía amonestaciones y penas que se derivasen de sus fallos, y se mostraba presto a efectuar las correcciones oportunas. Desde el punto de vista legal, la protestatio no evitaba la acusación de herejía, mas sí impedía caer en la categoría de pertinaz.


La Purgatio:Se trata de un juramento público de origen romano, ante testigos de igual condición social, y es consecuencia directa de la diffamatio (una demanda) y la siguiente suspicia (la sospecha del inquisidor): si el desacreditado no se purga, recibe excomunión, y es tenido por tenaz (v. más abajo, contumatia). Para suprimir la difamación, el acusado debe proceder a la purgación. Para defenderse de la sospecha, tiene que proceder a la abjuración.


La Abiuratio:Tenía sitio cuando el acusado reconocía su falta y mostraba arrepentimiento, o rechazaba en público haber cometido herejía. Cabe decir que la abiuratio no implicaba la plena absolución del reo:


También podía acontecer que no hubiese ratificación tras el tormento de lo anteriormente declarado, en tal caso, al no ser la tortura la única prueba admitida en el proceso, y al haberse aplicado tras la etapa probativa, la absolución no estaba garantizada.Sin embargo, en el caso de nueva acusación, cualquier abjuración o bien absolución precedente pasaba a transformarse en antecedente y por lo tanto agravante, y a través de una ficción jurídica, el preso pasaba de simple acusado a reincidente, o sea, relapso.


La Relapsia:La relapsia es la condición del que recae sobre la herejía. Cabe rememorar que una condena a la que antecede una purgación o bien abjuración se transforma, como hemos visto, en reincidencia. La relaspia acaba, ineludiblemente, en sentencia de muerte.


La Pertinatia:Pertinaz es que insiste en el fallo (en un caso así, en la herejía), y del mismo modo que el relapso, es condenado a muerte.


La Contumatia:La contumacia era la condición del que, habiendo escapado, o bien no estando presente, debía comparecer frente al tribunal de la Inquisición. Si el derecho romano establecía que el ausente, por indefensión, y en razón del principio de presunción de inocencia, no había de ser condenado (en palabras de Trajano, absens in criminibus damnari non debere, es decir: el ausente en los procesos delincuentes no ha de ser condenado) para el derecho inquisitorial, la ausencia no es un estado en verdad, sino más bien una prueba: el tenaz, con su escapada (o bien simple ausencia), prueba su culpabilidad. El procedimiento frecuente era la emisión de 3 edictos consecutivos (o bien un edicto que valiera por los 3), un plazo de un mes para presentarse, y siguiente excomunión por un año. De esta manera, la contumacia deriva en obstinación, y la sentenecia es condenatoria (puesto que la sospecha leve se transforma, en un inicio, en vehemente: levis suspicio transit in vehementem, en palabras de Eymeric-Peña). Nótese que si el llamado se presentase, ya no debería contestar por una sospecha leve, sino más bien vehemente, o sea, grave. Tras cumplirse el periodo, y frente a la incomparecencia del acusado, la sospecha pasa de vehemente a violenta. Entonces el acusado no es declarado hereje, mas es condenado «como si lo fuera» (velut haereticus condamnetur) y quemado en efigie.


La relajación

Auto de fe

Para la ejecución de la pena impuesta (azotes, muerte) el condenado era relajado, o sea, entregado al brazo secular (o bien poder civil), que era el responsable de su ejecución pública. El auto de fe era publicitado, y efectuado en la plaza pública, con gran despliege de medios y cierto gusto por la escenografía. Si el hereje impenitente se arrepentía y se transformaba ya en el cadalso, se dejaba, ya antes de la quema, su ejecución por estrangulamiento (si era de condición humilde) o bien por degollamiento (si era noble). De lo contrario, se le quemaba vivo. Podía darse el en el caso de que el acusado ya hubiese fallecido, en tal caso se desenterraban sus restos y se quemaban. Si estaba ausente, como queda dicho, se quemaba su efigie.


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