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En mil setenta y tres es nombrado papa Gregorio VII. La primera medida que tomó ese año fue la prescripción del celibato eclesiástico, o sea la prohibición del matrimonio de los sacerdotes. En el futuro los sacerdotes no podían tener hijos y por consiguiente no transmitirían en herencia directa sus posesiones y derechos.


Numerosos obispos, abades y eclesiásticos normalmente prestaban vasallaje a sus señores laicos debido a los feudos que estos les daban. Si bien un clérigo podía percibir un feudo común y corriente de igual modo que un laico, existían ciertos feudos eclesiásticos que solo podían ser entregados a los religiosos. Siendo territorios dominados por señores civiles que acarreaban derechos y beneficios feudales, su concesión era efectuada por los soberanos a través de la liturgia de la investidura. El enfrentamiento brotaba de la disociación de funciones y atributos que suponía tal investidura.


Por ser un feudo eclesiástico, el adjudicatario había de ser un clérigo; si no lo era, cosa que sucedía habitualmente, el aspirante era asimismo ungido eclesiásticamente, o sea, recibía simultáneamente los derechos feudales y la consagración religiosa. Conforme la doctrina de la Iglesia, un laico no podía consagrar clérigos, y de forma equivalente, no podía entregar la investidura de un feudo eclesiástico, atribución que tenía adjudicada el Sumo pontífice o bien sus legados.


Para reyes y emperadores, los feudos eclesiásticos, ya antes que eclesiásticos, eran feudos. Los clérigos feudatarios, aparte de clérigos, eran tan vasallos como el resto, obligados en exactamente la misma medida a servir a su señor, comprometidos a asistirle económica y militarmente en el caso de necesidad. Los monarcas no deseaban que el Papa les despojase de la capacitad de ungir a los receptores de aquellos feudos y de conseguir, a cambio, el provecho inherente a la concesión feudal.


Se daba, además de esto, la coyuntura de que en los dominios del emperador los clérigos feudales eran muy abundantes, y, además de esto, eran un conjunto que tenía cargos de confianza en la administración, esenciales para la marcha del gobierno del emperador. De esta forma, los monarcas hacían recaer los cargos eclesiásticos en familiares o bien amigos, o sea, personas que no necesariamente eran dignas de ser clérigos conforme las reglas de la Iglesia. Por otro lado, muchos obispos, abades y clérigos no deseaban mudar su situación de vasallos debido al peligro de perder las prerrogativas de que gozaban en sus posesiones feudales.


Privar al emperador de su capacitad de ungir a los titulares de los feudos eclesiásticos equivalía a quitarle el derecho de nombrar a sus cooperadores y substraerle una buena parte de sus vasallos, los más fieles, sus valedores financieros, los que le sostenían militarmente. Todo esto era una parte de la lucha entre los Poderes universales que se disputaban el dominio del planeta, el Dominium mundi.


A inicios del siglo XI, frente a un Papado impotente, el emperador Enrique III (mil treinta y nueve-mil cincuenta y seis), dispensó multitud de cargos eclesiásticos.Tras la muerte de Enrique III brota un movimiento proclive a liberar al papado del sometimiento al imperio. En el mundo entero cristiano comienza a reivindicarse la libertad de la Iglesia para nombrar a sus cargos.


Al decreto papal de mil setenta y tres sobre el celibato, prosiguieron otros 4 decretos dictados en mil setenta y cuatro sobre la simonía y las investiduras. Las disposiciones no se decretaron, por no ser precisas, ni en España, ni en Francia ni en Inglaterra. La reacción por la parte de las autoridades civiles y de exactamente los mismos clérigos perjudicados fue virulenta, corriendo riesgo habitualmente la integridad personal de los legados de la santa Sede mandados para publicar y hacer cumplir los edictos del Pontífice.


Pero el Papa no suavizó sus métodos ni rebajó el tono de las amenazas. Al contrario, dictó nuevos decretos en mil setenta y cinco (27 reglas compendiadas en los Dictatus papae) que repetían las prohibiciones de los decretos precedentes con mayor severidad en las penas, que alcanzaban a la excomunión, para quienes, siendo laicos, entregaran una iglesia o bien para quienes la recibieran de aquéllos, incluso no mediando pago.


Los 27 axiomas de los Dictatus papae se resumen en 3 conceptos básicos:



  • El papa está por encima no solo de los fieles, clérigos y obispos, sino más bien de todas y cada una de las Iglesias locales, regionales y nacionales, y por encima asimismo de todos y cada uno de los concilios.
  • Los Príncipes, incluyendo el Emperador, están sometidos al Papa.
  • La Iglesia romana no ha errado anteriormente ni errará en el futuro.

Estas intenciones papales le van a llevar a un enfrentamiento con el emperador alemán en la llamada Disputa de las Investiduras, que en el fondo no es más que un enfrentamiento entre el poder civil y el eclesiástico sobre la cuestión de a quién compete el dominio del clero.


En efecto, Enrique IV no parecía presto a aceptar la menor mengua en su autoridad imperial y se comportó con desdeñosa indiferencia en frente de las prescripciones pontificias. Prosiguió ungiendo a obispos para cubrir las sedes vacantes en Alemania y, lo que fue más humillante para la sensibilidad de la santa Sede: nombró al arzobispo de Milán, cuya población había rechazado al designado por el papa. Gregorio VII reprochó al emperador su arrogante actitud, le dirigió un nuevo llamamiento a la obediencia y le conminó con la excomunión y la deposición. Por contestación, Enrique IV convocó en Worms, en el año mil setenta y seis, un sínodo de obispos alemanes que no se reprimieron en manifestaciones de vesánico odio cara el pontífice de la ciudad de Roma y de abierta oposición a sus planes reformadores. Con el respaldo clerical expresado formalmente en el documento que recogía las conclusiones de la reunión, en el que se dejaba perseverancia de desobediencia declarada al papa y se le negaba el reconocimiento como sumo pontífice, el emperador le amenazó por escrito a que abandonase su cargo y se dedicase a hacer penitencia por sus pecados, al unísono que le daba traslado del acta del sínodo episcopal.La indignación en la ciudad de Roma superó cualquier límite. El concilio que se estaba festejando en esas datas en la ciudad santa dictó orden de excomunión para Enrique IV y todos y cada uno de los intervinientes en el sínodo alemán, a lo que el papa agregó una resolución de dispensa a los súbditos del emperador del juramento de lealtad prestado, lo declaraba destituido de su trono imperial hasta el momento en que solicitase perdón, y prohibía a cualquiera reconocerlo como rey.


Orden de excomunión de Gregorio VII para Enrique IV:

Degradación de Enrique IV frente al Papa para solicitarle su perdón (Eduard Schwoiser, mil ochocientos cincuenta y dos).Paseo de CanossaEl emperador Enrique IV delante del Papa Gregorio VII en Canossa (Carlo Emanuelle, c. mil seiscientos treinta).

Con motivo de la publicación de la bula de excomunión contra el emperador, la nobleza opositora consiguió convocar en Tribur la Dieta imperial con la manifiesta pretensión de deponer al monarca, aprovechando además de esto que los rebeldes sajones volvían a estar de pie de guerra. Enrique IV se vio en situación comprometida. Frente al riesgo de que el papa aprovechase esta asamblea para imponer sus demandas, y conminado aparte de deposición por los príncipes si no era exculpado de la excomunión, Enrique IV decide ir al encuentro del papa y conseguir de él la absolución.


A principios de mil setenta y siete fue advertido el papa de que el emperador estaba en camino cara Italia. No cuestionó las hostiles pretensiones de este y procuró cobijo seguro en el inconquistable castillo de Canossa, cerca de Parma. Mas Enrique no venía encabezando ningún ejército, sino más bien como penitente arrepentido que suplicaba el perdón del Santo padre y que deseaba volver al seno de la iglesia a través de el alzamiento de la excomunión. Llegó a Canossa el veinticinco de enero de aquel helado invierno pidiendo ser recibido por su Santidad. Se cuenta que el papa retardó la entrevista por término de 3 días, a lo largo de los que continuó el humilde emperador descalzo y arropado con una simple capa a las puertas de la fortaleza. El papa, sorprendido por la inopinada actitud de su oponente, vacilaba sobre la mejor manera de actuar: el sumo pontífice no podía negar la absolución de sus faltas a un peregrino que se presentaba de aquella guisa dando muestra de humildad y contrición; mas, de hacerlo, Enrique IV se vería nuevamente restituido en la comunidad cristiana, confirmado en su trono con pleno derecho de ajustar la triple corona, y exento de cualquier tara que sirviese de razonamiento a sus oponentes para demandar su abdicación. No tuvo otra alternativa que disculpar y exculpar, ennoblecido éticamente y derrotado políticamente.

El antipapa Clemente III (arriba en el centro) y el emperador Enrique IV (arriba a la izquierda) expulsan a Gregorio VII. Abajo se representa la muerte de Gregorio VII. La imagen está tomada del Códice Jenesis Bose q.6 (mil ciento cincuenta y siete).

Al regreso de Enrique a Alemania, los partidarios de su cuñado Rodolfo de Suabia, reunidos en Forchheim (Baviera), proclamaron nuevo emperador a Rodolfo. Enrique IV deseó poner a prueba al papa y le demandó en tono altivo que excomulgase a Rodolfo de Suabia. Las relaciones se agriaron y el emperador volvió a proceder como ya lo había hecho en ocasión anterior: convocó un concilio de obispos alemanes en Bresanona que declaró despojado de su dignidad pontificia a Gregorio VII y nombró en su sitio a un antipapa, al arzobispo de Rávena ungido como Clemente III. La reacción del papa no se hizo aguardar, y también de manera inmediata, en ese año de mil ochenta, por un concilio festejado en la ciudad de Roma depuso de su cargo imperial a Enrique IV, le fulminó con la excomunión y reconoció como lícito rey a su cuñado Rodolfo.


Enrique IV se puso al frente de un poderoso ejército y marchó sobre Roma. Instalado en la ciudad santa, reunió en ella un concilio al que fue citado Gregorio VII, mas este no asistió, entendido de que iba a ser juzgado y condenado. Su inasistencia no evitó su excomunión y destronamiento. En su sitio se puso a Clemente III que se apuró a coronar a Enrique IV y a su esposa Berta el treinta y uno de marzo de mil ochenta y cuatro. Gregorio pidió la ayuda del normando siciliano Roberto Guiscardo, quien puso en marcha sus huestes de aventureros, en su mayor parte musulmanes, y las lanzó contra Roma. Enrique abandonó cautamente la urbe que quedó a la merced de aquellas hordas incontroladas. Se generó un auténtico saqueo, inaceptable para el pueblo romano, que se rebeló contra los valedores de la autoridad gregoriana. Fue la disculpa para una salvaje opresión sanguinolenta en la que cedieron millares de ciudadanos y la ciudad quedó arruinada. Bajo la protección de semejante vasallo y escoltado por sus milicias musulmanas, Gregorio VII escapó de la Roma arrasada y admitió el asilo que Guiscardo le dispensó en Salerno, donde murió por año siguiente.


Tras un fugaz paso por la sede pontificia de Víctor III, fue designado papa en 1088Urbano II. En la ciudad de Roma, sin embargo, proseguía instalado el antipapa Clemente III con sus partidarios. Urbano se planteó desocupar de la ciudad santa a su contrincante, para lo que confió en sus vasallos sicilianos. De hecho, con el apoyo del ejército normando pudo abrirse paso hasta Roma en el mes de noviembre de mil ochenta y ocho, donde debió librarse cruentas batallas entre las tropas del antipapa y las del papa a fin de que este pudiese al fin acceder a su lícito trono. Una vez instalado en él, procuró la forma de derruir al emperador uniendo en la poderosa Liga Lombarda las urbes de Milán, Lodi, Piacenza y Cremona. Urbano II murió en mil noventa y nueve, sin haber podido doblegar a su personal oponente Enrique IV.


Su sucesor Pascual II (Rainero Raineri di Bleda, o bien Bieda) ensayó sin resultado afines procedimientos a los empleados por sus predecesores en su pelea con Enrique IV. Este moría en mil ciento seis dejando en el trono imperial a su hijo Enrique V. La supuestamente obediente predisposición del nuevo emperador hizo pensar por un instante a Pascual II que tenía al alcance de su mano la ansiada solución a los vetustos inconvenientes que sufría la cristiandad.Mas esa quimérica ilusión se desvaneció bien pronto. Enrique V no tardó en aclarar su posición: en exactamente el mismo instante en que se vio alzado al trono imperial mandó emisarios a Roma para rememorar al papa la ancestral prerrogativa del rey germánico de confirmar la elección de los obispos, tomarles juramento de lealtad y entregarles las credenciales de su autoridad secular, o bien, dicho de otra forma, su capacitad de ungir a los obispos en sus feudos eclesiásticos. La lucha volvía a comenzar y, como siempre y en todo momento, la excomunión del emperador fue la primera medida tomada en el concilio de Guastalla ese año de mil ciento seis.


No obstante, Pascual II, en un acercamiento a la realidad, empezó a percibir lo exagerado de las intenciones de Gregorio VII y lo bastante difícil de sostener aquellas demandas, con lo que se fue mostrando receptivo a ciertas ideas que planteaban la renuncia de los clérigos a la posesión de cualquiera recursos materiales de concesión real, en el comprensión de que debería bastarles para su sustento con los diezmos y las dádivas de los fieles. A Enrique V no podía ofertársele una mejor solución, puesto que suponía la apropiación de todo el patrimonio de la iglesia germánica, por cuyo costo estaba presto a abandonar a su privilegio de sancionar la elección de los cargos eclesiásticos que, en adelante, no ostentarían ningún poder territorial.


Con pretensión de apresurar un final satisfactorio para sus intereses, Enrique penetró en Italia en mil ciento diez al frente de un ejército intimidador. Sus mandados a parlamentar con el papa y sentar las bases de la coronación imperial, firmaron con este el concordato de Sutri (Viterbo), por el que se acordaba el abandono por la parte del emperador de sus supuestos derechos de investidura a cambio de la entrega por la parte del clero de sus recursos territoriales. Una vez en la ciudad de Roma, se dispuso todo a fin de que Enrique V recibiera de manos del pontífice la corona del Sagrado Imperio el día doce de febrero de mil ciento once. Llegado el instante, estando para iniciarse la solemne liturgia en la basílica de San Pedro, se hizo público el contenido del tratado subscrito entre el papa y el emperador. Cuando los obispos, abades y demás dignatarios eclesiásticos conocieron que la paz se adquiría con sus recursos se desató la cólera de los perjudicados de forma tan tumultuosamente amenazadora que Pascual II no pudo continuarse con la lectura del documento ni proceder a la coronación del emperador. Este, por su lado, estaba resuelto a forzar el cumplimiento de lo pactado y, a tal fin, hizo que las tropas desocupasen el templo y redujo a cárcel a los cardenales.


Cautivo de Enrique, Pascual II no tuvo otra alternativa que doblegarse a los imperativos de aquel y, cediendo a sus presiones, le coronó pomposamente, no sin ya antes haber firmado un nuevo documento por el que se reconocía al emperador el derecho de investidura «por el bastón y el anillo», esto es, en su totalidad, con la sola restricción de que no mediara contraprestación simoníaca. Recobrada la libertad, y frente a los apremios, esta vez, de los burlados cardenales, el Papa denunció el tratado subscrito bajo coacción y violencia y descomulgó al emperador.


La querella de las investiduras, que por un fugaz instante pareció llegar a su fin, se acentuó si cabe. Pascual II murió en mil ciento dieciocho sin haber avanzado en el camino de la solución.


En mil ciento diecisiete se ubica al frente de la iglesia Calixto II, papa de origen francés y a quien hay que atribuir el éxito en la anhelada conclusión de la querella de las investiduras. El comienzo de su pontificado no auguraba aquel buen final, puesto que una de sus primeras medidas consistió en anular la capacitad de investidura arrancada coactivamente por Enrique V a Pascual II, lo que dio sitio a renovadas tensiones. Sin embargo, sea por el hecho de que cundiera en las dos partes la fatiga por tan prolongada lucha, o bien por el hecho de que por último se impusiese la razón, el veintitres de septiembre de mil ciento veintidos se firmó el Concordato de Worms, ratificado un año después por el concilio universal de Letrán. Por aquel protocolo se establecía un pacto entre la santa sede y el imperio, conforme el que correspondería al poder eclesiástico la investidura clerical a través de la entrega del anillo y el bastón y la consagración con las órdenes religiosas, al tiempo que al estamento civil se le reservaba la investidura feudal con otorgamiento de los derechos de regalía y demás atributos temporales. Los de esta forma ungidos se debían al papa en lo religioso y al soberano laico en lo civil. Al emperador se le reconocía además de esto la potestad de acudir a la elección de los cargos eclesiásticos y de emplear su voto de calidad cuando no hubiera pacto entre los votantes. Como las presiones que se ejercitaban sobre los episodios de las catedrales y abadías eran realmente fuertes en la elección de un determinado aspirante, lo que complicaba la obtención del cuórum preciso, al final terminó siendo con harta frecuencia el emperador quien impuso su arbitraje.


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