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En sus orígenes medievales tuvo una dimensión concreta y una explicación económica, estratégica y de defensa contra las jurisdicciones señoriales.


La situación de los imperiales en la lucha entre el Pontificado y el Imperio (ver querella de las investiduras, güelfos y gibelinos), muy lejanamente, apuntaba en una dirección regalista, al proteger la primacía del poder civil sobre el poder eclesiástico, y terminó con la derrota del Sagrado Imperio, que pasa a ser ineficaz en la práctica. Sin embargo la ideología de ese enfrentamiento (agustinismo político, teoría de las 2 espadas, cesaropapismo, teocracia), aplicada por las monarquías déspotas desde la Baja Edad Media, llevó de manera directa a lo que fue el regalismo.


Como desee que las monarquías feudales de Europa occidental se apoyaron en el papado para independizarse de la teorética unión de vasallaje al Emperador o bien a los reinos de los que se segregan (caso de Portugal en frente de León, por servirnos de un ejemplo), la relación monarquía-papado parecía más amistosa que problemática. En verdad, la autoridad papal y sus instrumentos (órdenes religiosas como Cluny) habían sido compartidos de forma eficaz con los reyes (Francia, Castilla) en mutuo beneficio.


La crisis de la Baja Edad Media (Papado de Aviñón, cisma de Occidente) fue desacreditando el poder papal hasta extremos que parecían justificar una intervención de los reyes, que aun pudieron decidir poner la lealtad de su reino en un pretendiente a papa o bien en otro, en tanto que las excomuniones cruzadas por todos desvalorizaban la eficiencia de la hasta ese momento tan horrible sanción.


La restauración del poder y del prestigio papal a lo largo del Renacimiento no fue suficiente para eludir la Reforma luterana, que pone a los príncipes alemanes al frente de sus iglesias nacionales, y después el cisma de Enrique VIII. Pese a coincidir con el regalismo en lo que se refiere al control de las autoridades civiles sobre las autoridades eclesiásticas de la Iglesia y la nacionalización de esta, los dos parten de una argumentación teológica que supera los límites del catolicismo romano tal y como se definirá en el Concilio de Trento. El término regalismo se aplica a las monarquías que prosiguieron siendo católicas.


En el tránsito de las monarquías déspotas cara el absolutismo, sobre todo la francesa de Luis XIV, el regalismo se fue cifrando en la confrontación permanente entre el poder monárquico y el pontificio por control de dominios discutibles: retención de bulas, inmunidades, patronato sobre las iglesias, recursos de fuerza. La Reunión del clero francés de mil seiscientos ochenta y uno-mil seiscientos ochenta y dos aprobó un texto redactado por Bossuet, la "Declaratio cleri gallicani", por el que se conoce como galicanismo a esta forma de regalismo. El propio Luis XIV proclama en mil seiscientos noventa y dos su contenido como libertades galicanas, actuando en la práctica como jefe de la Iglesia en Francia, en débil equilibrio con el Papa, que sin admitirlo prefiere no tensar la situación para no provocar un cisma como el anglicano.

Regalismo en España

La visión de la historiografía tradicionalista (Marcelino Menéndez Pelayo) limitaba el regalismo a una intención extranjerizante y borbónica que en la católica España de los Habsburgo no habría tenido cabida y solo empezaría con Felipe V (el nieto de Luis XIV) en mil setecientos.


No obstante, los derechos de los reyes Habsburgo eran ya en el siglo XVII, y lo venían siendo desde los Reyes Católicos, bastante mayores que los de los franceses contemporáneos (control de la Inquisición, derecho de presentación de obispos, patronato regio o bien de Indias, participación en diezmos, etcétera) No faltaron teóricos que se pueden estimar regalistas en el siglo XVII, como Francisco Salgado. Un precedente esencial de las reclamaciones regalistas del XVIII en frente de la santa Sede es el Memorial que, en mil seiscientos treinta y tres, habían presentado a Roma representando a Felipe IV el prelados de CórdobaPedro de Pimentel y el consejero de CastillaJuan de Chumacero, demandando contra los abusos de la intervención del Papa dentro de la Monarquía Católica.


Lo es cierto que aquella administración no dio fruto, y que con Felipe V las reclamaciones fueron considerablemente más activas: en mil setecientos nueve, el virrey de Aragón Solís, y en mil setecientos trece el fiscal real Melchor de Macanaz, preparan consecutivos memoriales. En mil setecientos diecisiete se llega a un tímido pacto que es en seguida descuidado por ser considerado deficiente para España. En mil setecientos treinta y siete, tras la investigación del abad de Vivanco, que halla treinta beneficios eclesiásticos que escapan al patronato real en beneficio del Papa, se llega a un concordato que padece exactamente la misma suerte. Sin embargo, o bien quizás por esta razón mismo, los negociadores de tales concordatos, Alberoni el de mil setecientos diecisiete y Gaspar de Molina el de mil setecientos treinta y siete, fueron elevados al rango de Cardenal.


Más trascendencia tuvo el Concordato de mil setecientos cincuenta y tres, en el reinado siguiente, con Fernando VI en el trono de la capital de España y Benedicto XIV en la Cátedra de San Pedro. Los negociadores fueron el marqués de la Ensenada y el Padre Rávago (confesor del rey, de la Compañía de Jesús). Lograron la concesión por el Papa a los reyes de España del Patronato universal en sus reinos, lo que puso en sus manos en verdad el control de la Iglesia de España como ya tenían el de América. Gregorio Mayáns y Siscar comentó judicialmente los referidos pactos.


En cuanto a la prerrogativa de Regium exequatur (que proporciona a los reyes el derecho de retener hasta dar su aprobación las bulas y breves papales), había sido usada en el siglo XVI por Carlos V y Felipe II y cayó en desuso al siglo siguiente. El regalismo de tipo borbónico no hizo más que restaurar la regia prerrogativa en tiempos de Carlos III (dieciocho de enero de mil setecientos sesenta y dos) y ampliar su aplicación a los temas relacionados con el dogma. La razón había sido la polémica por la condena de la Exposition de la doctine chrétienne de François Philippe Mesenguey. De todas y cada una formas, al poco tiempo el exequatur se declaró en suspenso.


Además se establecieron los recursos de fuerza, por los que la administración de justicia civil (Audiencias y Consejo de Castilla) examinaría en apelación las sentencias de los tribunales eclesiásticos, pudiendo anularlas y dictar otras si hallaban vicios de procedimiento.


Sumado a todo ello, la expulsión de la Compañía de Jesús (la más vinculada al Papa) en mil setecientos sesenta y siete representó el punto más extremo al que llegó la política de orientación regalista en el siglo XVIII, bajo el reinado de Carlos III, influido por Tanucci y el llamado "partido jansenista" (Pedro Rodríguez Campomanes). La orientación regalista asimismo se encaminó cara otros temas a nivel económico muy sustanciosos: el expediente sobre amortización eclesiástica inspirado por el texto de Campomanes Tratado de laz Regalía de Amortización (mil setecientos sesenta y cinco, al que se oponía el fiscal del Consejo de CastillaLope de Sierra, dejándolo el rey sin solucionar); la reforma del excusado (en teoría el diezmo del mayor impositor de cada parroquia), que logró ascender el pago general acordado con el clero por ese término de doscientos cincuenta a novecientos ducados, viendo que la posibilidad de que el estado se pusiese a cobrarlo efectivamente; y diferentes disposiciones que afectaban al clero regular (prohibición de cuestaciones en las eras salvo a los franciscanos, mercedarios y trinitarios; prohibición de ocupaciones temporales a los frailes -mil setecientos sesenta y siete-, y ajuste del número de religiosos de cada convento a sus ingresos -mil setecientos setenta-).


En el reinado de Carlos IV se generó el intento más extremado de política regalista, primero con la embajada a Roma de marzo de mil setecientos noventa y siete (Rafael Múzquiz, Antonio Despuig y Francisco Antonio de Lorenzana) y más tarde con el llamado decreto de Urquijo (cinco de septiembre de mil setecientos noventa y nueve, redactado por José de Espiga y con el apoyo de la llamada facciónjansenista), que se anuló el veintinueve de marzo de mil ochocientos, sustituyéndose a Urquijo por Godoy (que encabezaba la facción llamada jesuita o bien santurrona).


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