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wikiUrna con las reliquias de San Juan Bautista de La Salle en la casa generalicia de los FSC en la ciudad de Roma.wikiRelicarios en la Iglesia de San Pedro, Ayerbe, España.wikiRelicario con bordados.

Este artículo trata sobre las reliquias en la Iglesia católica


En la Iglesia católica, se llaman reliquias a los restos de los Santos tras su muerte. En un sentido más extenso, una reliquia forma el cuerpo entero o bien cada una de las partes en que se haya dividido, si bien sean pequeñísimas. Las reliquias asimismo designan a los ropajes y objetos que pudiesen haber pertenecido al Santo en cuestión o bien haber estado en contacto con él, considerados dignos de adoración.


El culto a las reliquias se remonta a los principios del cristianismo: a consecuencia de las persecuciones empezaron a preservarse y a tenerse en gran estima los objetos relacionados con los que habían fallecido por la fe. Ejemplo de ello, San Ambrosio (Siglo IV) recogió estos objetos tras la muerte de los Santos Vital y Agrícola en su patíbulo en Bolonia y los llevó a la iglesia de santa Juliana de Florencia. Los primeros restos recogidos de los que se tiene nueva (y documentación mediante los siglos), son los de san Esteban primer mártir de la Iglesia católica. Agustín de Hipona da nueva en sus escritos sobre una de las piedras con que lapidaron a Esteban que fue llevada a Ancône (Francia), y que contribuyó a extender el culto y la devoción cara este Santo. En los Museos Vaticanos se preservan muchas reliquias de este género.


El culto a las reliquias ha sido siempre y en todo momento un fenómeno de suma importancia social, económica y cultural.

La santa Diestra (mano derecha) del rey San Esteban I de Hungría (novecientos setenta y cinco-mil treinta y ocho), protegida en la Basílica de San Esteban en Budapest, Hungría.Cráneos en el relicario de la catedral de Hasselt (Bélgica).

Los cuerpos de los mártires llegaron a ser tan apreciados y dignos de adoración para aquellos primeros cristianos, hasta el punto de exponer en muchas ocasiones su vida, precipitándose en la arena de los anfiteatros para recogerlos. Recogían además la sangre vertida, empapándola en esponjas, paños o bien cualquier otra materia absorbente. Esta reliquia era llamada sangre de los mártires.


Otra forma de conseguir estas reliquias era a través de la adquisición, por norma general pagando en plata. Una vez logradas de una manera o bien de otra las preparaban con perfumes y linimentos y las envolvían en ricos tejidos, sobre todo en dalmáticas enriquecidas con oro y púrpura. Muchas de estas reliquias de cuerpo entero se hallan aún en las catacumbas, en lugares singulares para su enterramiento llamados loculi. Una vez envuelto el cuerpo en la dalmática procuraban un enterramiento digno y lo decoraban, transformándolo en santuario para sus oraciones.


El culto a las reliquias estaba absolutamente arraigado en este periodo de los mártires y las persecuciones a los cristianos. El cuerpo de un Santo como reliquia llegó a ser imprescindible para encabezar las reuniones. Las personas particulares asimismo hacían lo imposible por lograr una reliquia. Se llegaba a abonar por el cuerpo de un mártir sumas notables. De esta manera lo hace constar Baronio en sus notas al Martirologio romano cuando dice: Christianos consuevisse redimere corpora sanctorum ad sepeliendum ea, acta diversorum matyrum saepe testantur ("Los cristianos habituaban recobrar los cuerpos de los Santos para darles sepultura, dando fe de los hechos de los diferentes mártires").


La adquisición de una reliquia fue motivo más de una vez de altercados, aun combates, entre diferentes urbes que se la disputaban. De esta manera ocurrió en Francia, entre los habitantes de Poitiers y los de Tours, que sostuvieron una larga escaramuza por la posesión del cuerpo de San Martín.


Desde los inicios del cristianismo, los restos de los mártires estuvieron ligados al sacrificio eucarístico, festejando los misterios sobre su tumba. No se concebía un altar si no era enterramiento de un Santo. En el año doscientos sesenta y nueve el papa san Félix I decretó una ley para asegurar esta costumbre. Las primeras basílicas construidas tras las persecuciones fueron erigidas sobre las criptas donde yacían los cuerpos de los mártires. Después, ciertos de estos cuerpos fueron trasladados a las urbes para depositarlos en los templos lujosos construidos para recibirlos. Es más, el quinto concilio de Cartago dictaminó que no sería consagrada ninguna nueva iglesia que no tuviese una reliquia en su altar.


Se llegaron a depositar los cuerpos-reliquia en las puertas de las iglesias que los fieles besaban ya antes de entrar. Otro sitio donde se preservaban era en oratorios privados y en ocasiones aun en casas particulares.


En la segunda mitad del siglo IV comenzó la práctica de fragmentar los cuerpos de los Santos para repartirlos. Múltiples teólogos apoyaron la teoría de que, por pequeño que fuera el fragmento, sostenía su virtud y sus facultades prodigiosas. De esta forma las reliquias se transformaron en instrumento de prestigio y fuente de ingresos. Todo esto favorecería el terreno artístico puesto que ciertos autores piensan que el comienzo de las imágenes está exactamente en ser receptáculo para las reliquias.


A principios del siglo XIII, en el IV Concilio de Letrán, se prohibirá la adoración de reliquias sin "certificado de autenticidad"; de esta forma el comercio de reliquias, que había ido en apogeo en los últimos siglos (en el siglo IX había surgido una asociación consagrada en venta y regulación de reliquias), va a ir reduciendo.


En este concilio se acuerda:


También hay que mentar que hoy día, múltiples reliquias están perdidas o bien ya no existen como las reliquias de santa Genoveva, patrona de la ciudad de París, a quien Luis XV de Francia levantara una iglesia en mil setecientos sesenta y cuatro. No obstante en mil setecientos noventa y tres a lo largo de la Revolución francesa, el gobierno convirtió esta iglesia en el Panteón, ubicando bustos de franceses conocidos en los lugares de honor y el ataud de plata en el que descansaban sus restos fue derretido, y las reliquias quemadas y desperdigadas al río Sena.


En una temporada que se ignora empezó la costumbre de prometer sobre las reliquias, de igual modo que se jura sobre la Sagrada Escritura o bien los Evangelios en ciertos casos. Los ejemplos documentados son del siglo VI de ahora en adelante.


Existe uno bien interesante por la cantidad de detalles que se dan, en que San Gregorio llama a unos personajes ilustres de la urbe de Rávena a fin de que se presenten ante el sepulcro de San Apolinar (primer prelados de la iglesia de esta urbe); con la mano puesta sobre las reliquias de este Santo, aquellos hombres dieron testimonio de lo que se les solicitaba, empleando para este juramento una fórmula singular que se conserva en distintos documentos.


Después de los debates habidos en el Concilio de Trento, las reliquias y lo que representaban tomaron más relevancia aún y su posesión llegó a ser una suerte de obsesión. Gente particular, gente de la nobleza, religiosos y exactamente los mismos reyes se esforzaban por adquirir y amontonar reliquias que en ciertos casos llegaron a formar compilaciones espléndidas que implicaban obras de arte buenísimas.


En España el rey Felipe II fue un señalado coleccionista de reliquias. Entre mil quinientos sesenta y nueve y mil quinientos noventa y nueve llegó a amontonar cerca de ochocientos piezas. Su compilación se hizo conocida en toda la cristiandad, llegándose a aseverar que tenía reliquias de casi la totalidad de los Santos que integraban el Santoral.Además fomentó una suerte de rescate de reliquias pertenecientes a Santos de la iglesia de España que por diferentes causas se hallaban en el extranjero, como fue el caso de las reliquias de santa Leocadia.


La compilación privada de este rey se halla en la basílica del Monasterio de El Escorial (la villa de Madrid), donde mandó edificar 2 altares singulares a los dos lados del altar mayor. Uno está dedicado a san Jerónimo y el otro a la Asunción. En ellos mandó efectuar ochenta relicarios al orfebre Juan de Arfe; muchos de ellos están firmados por el artista y otros no, lo que hace suponer que salieron de su taller y bajo su dirección si bien no fuese su autor directo. El resto de los relicarios son obra de otro platero cuyo anagrama puede leerse en una placa en la parte trasera del relicario.


En el conjunto prevalece el busto parlante, muy del gusto de la temporada, que revela al espectador de una sola ojeada el género de reliquia que aloja. Juan de Arfe efectuó veintidos cabezas o bien bustos parlantes, seis de Santos, dieciseis de santas. La policromía corrió al cargo de Fabrizio Castelo. Se preservan los libros de entregas en los que se describe con todo detalle la data y la descripción de cada relicario.


Magdalena de Ulloa y VillagarcíaEditar


La noble castellana doña Magdalena de Ulloa, como Felipe II, sentía una devoción singular cara las sagradas reliquias. Tutora de Juan de Austria, a quien crió en el Castillo-palacio de los Mandíbula en Villagarcía de Campos, se valió del favor de que disfrutaba en la ciudad de Roma don Juan, tras la Batalla de Lepanto, con Pío V y su sucesor Gregorio XIII, para conseguir una valiosa compilación. Asimismo los Generales de la Compañía de Jesús, Everardo Mercuriano y Claudio Acquaviva, como agradecimiento a su bienhechora, mandaron reliquias a Villagarcía.


Alcanzó y juntó tantas que le pareció recomendable dedicar la primera capilla de la Colegiata de Villagarcía a exactamente las mismas. El autor primordial de la capilla es Tomás de Sierra (acólito de Gregorio Fernández) y a su gubia se deben la mayor parte de las esculturas que hay en ella.


Hay en la Colegiata cincuenta esculturas de Sierra, entre pequeñas y grandes; aparte de los conjuntos escultóricos. El pequeño tamaño de muchas de estas figuras destaca su valor a nivel artístico, haciendo de la Capilla del Relicario de Villagarcía uno de los conjuntos capitales de la estatua de España.


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